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Totalmente apolíticos > Luis Aguilera

   

En casa de mi hermano Juaco hay una esquina del salón que él ha bautizado, y con propiedad, como el conversatorio. Si en el comedor se come y en el dormitorio se duerme, allí se conversa. La ausencia de un televisor ni distrae ni desvirtúa.

Así que cuando lo visito, con la muy poca frecuencia que permite vivir en el extranjero, nuestra cháchara es recuento y crónica debida. Suele suceder, en estas edades en que se van imponiendo las ahora estudiadas células senescentes, que la charla se convierta en llamado a lista de familiares, amigos y conocidos para hacer de ellos última noticia y biografía de apuro.

Por razón que aquí no importa vino a cuento alguien y, en la deriva que tienen estas indagaciones, le pregunté a mi hermano para qué lado tiraba el personaje: “Es totalmente apolítico”, me contestó con el acento con que se alaban las virtudes. Lo que pensé luego (soy de los que hacen contabilidad gruesa con lo que pasó en el día) me lo vino a recordar un reconocido cantante argentino o, mejor aun, argentinísimo por donde se le mire y se le oiga. Como quiera que la entrevista se desarrollaba sobre el quicio mismo de las elecciones, la pregunta sobre sus simpatías era obligada. “Dejate de joder”, respondió en porteño, echando atrás su melena de tango, para agregar eso de que el artista se debe a su público y que, para los de su especie, el compromiso con causas e ideologías era una tontería, es decir, cosa de tontos.

Así que abrió los brazos suficientes para casi cantar: “Soy totalmente apolítico”.Ya no fue en los balances con la almohada sino pisando sus palabras que traje a memoria pronta a Mercedes Sosa, a Víctor Jara, a Serrat, a Giecco, Lennon y Bono. A esos tontos.

Lo que pensé antes y pensé después no fue otra cosa que intentar comprender qué quiere transmitir una persona cuando se declara “totalmente apolítica”. Remarcar el carácter de totalidad parece ser indispensable para que nadie meta en ella debilidad o resquicio. La expresión es común. No guardo en mi registro explicación ponderada y reflexiva. Siempre me ha dado la impresión de que se proclama desde un íntimo “yo estoy por encima de eso”, dejándonos a los demás en pueblo raso.
Si definimos la política como instrumento para cambiar la realidad, el apolítico negaría su utilidad, lo que ya es una posición conservadora porque prefiere estar anclado en la inmovilidad. Si se refiere a no pertenecer o simpatizar con ningún partido y por extensión a descreer y no confiar en los políticos, por ahí podríamos encontrar que somos mayoría. Todos sabemos que los partidos políticos han dejado de ser representativos en tanto que se eligen nombres (el político profesional ya es aberración) pero desde los representados no se dan mandatos para que se debatan y ejecuten, que sería la democracia real y funcional.

Pero me temo que quien se declara apolítico es porque pertenece al sustraendo. Renuncia a su entidad como ciudadano pues también es acrítico: si no se tienen ideas políticas como parte activa de una nación o de una sociedad es porque no hay análisis y en consecuencia no hay juicios y si no hay juicios menos hay participación. Deja que otros decidan en su nombre. Un país de apolíticos es lo que pretende a palos toda dictadura.