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LA ÚLTIMA (COLUMNA) > Jorge Bethencourt

Un cambio inevitable > Jorge Bethencourt

   

Las duras medidas de ahorro puestas en marcha por el Gobierno nacionalista en Cataluña son el prólogo de una nueva etapa de realismo político en España. Pasado el teatro electoral, los gobernantes se enfrentan a la cruda realidad de la glaciación de las cuentas públicas. Porque es un hecho que la recaudación de tributos ha bajado de forma espectacular y que el volumen del sector público es insostenible.

En ese contexto, la ausencia de un discurso coherente en Canarias llama poderosamente la atención. Resulta inexplicable que a estas alturas desde los poderes públicos no se haya iniciado la tarea pedagógica de convencer a la sociedad de las Islas de la imperiosa, inevitable y dolorosa necesidad de reducir los gastos de la Administración canaria. Porque además de concurrir aquí todos los males que son comunes a la elefantiásica metástasis de otros sectores públicos, en las Islas nos inventamos una estructura a la carta para calmar los equilibrios del pleito capitalino, duplicando sedes, cargos y estructuras que sólo se podían sostener cuando nuestro crecimiento económico rompía todos los techos de la cordura.

Sólo entre el año 2010 y el 2011 se crearon en las Islas 2.367 nuevos empleos públicos. Algo incoherente con una sociedad en crisis, una economía congelada y una recesión en ciernes. A esos teóricos 170.000 canarios que trabajan para las administraciones, hay que sumarles los que se encuentran en empresas públicas o servicios cautivos de las propias administraciones. Y los cargos públicos en ayuntamientos, cabildos y gobierno regional. Ya no es que hablemos de la maraña legal, de las duplicidades y triplicidades de competencias, de la confusión e inestabilidad que generan los trámites que se solapan o se contradicen. No. Es que además el modelo es insostenible. Y no parece lo más adecuado empezar la poda por el personal sanitario, por el de educación o por los fondos de asistencia social.

No se me ocurre ninguna razón para que se esté postergando un cambio que es inevitable. La gente percibe, de alguna manera, que se acabó la fiesta. Pero sólo se nota en los recortes salariales de la masa de trabajadores públicos y en el cierre de empresas, en el naufragio de los autónomos y en el crecimiento de las cifras del paro en el mercado privado. Los gerentes del Estado se sienten ajenos a los efectos de la crisis en sus ombligos. Pero situaciones excepcionales requieren medidas excepcionales. Pero aquí seguimos como si no pasara nada. Hasta que pase.

Twitter@JLBethencourt