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EN LA FRONTERA >

Vaclav Havel > Jaime Rodríguez-Arana

   

En estos días fallecía una persona relevante, un ser humano que realmente aportó a la vida pública en general y a la de su país en particular. Vaclav Havel, presidente de Checoslovaquia durante varias legislaturas, no pasó desapercibido sino que con su ejemplo nos ha dejado un legado de lo que es la política y cómo ésta es posible ejercerla con dignidad y sentido crítico… Dramaturgo y político fue autor de obras de teatro y ejerció la presidencia de su país durante un buen puñado de años. Es conocido su compromiso con las libertades y su crítica al comunismo. Pagó su lucha por las libertades con la cárcel y fue perseguido durante años. Su especialidad, el teatro absurdo: una inteligente manera de desafiar a un régimen político opresor de los derechos de las personas. Su última obra de teatro la tituló La retirada y trata, según parece, de los peligros que acechan a los políticos y las consecuencias de caer en las tentaciones que ofrece un mundo de privilegios y prerrogativas sin cuento. Efectivamente, Havel fue un político que dirigió durante trece años los destinos de su tierra. Un político atípico pues no procedía de la nomenclatura de un partido ni había sido anteriormente alcalde o cargo público. Venía de la cárcel y del ejercicio de la literatura. Por tanto, su sensibilidad hacia la política estaba liberada de las deformaciones propias de quienes llegan a las más altas magistraturas pensando en las mieles del poder, en la dirección, en el mando, en situarse a como dé lugar en la cúpula. Más bien, Havel, según sabemos, se condujo esos años de presidencia como un intelectual. Como una persona que sabía que el poder es un instrumento para hacer el bien a todos cuantos integran la nación. Pero también se dio cuenta desde el principio de que el poder, contemplado y vivido como un fin, podía dar al traste con la vida de las personas y convertir a los mandatarios en esclavos y dependientes. Quizás por eso llamaba mucho la atención que en la antesala del despacho presidencial que utilizaba en el gran palacio de la presidencia de su país hubiera un patinete con el que solía desplazarse por las regias estancias de su lujosa mansión. Havel, además, escribió y habló en numerosas ocasiones acerca de la función política, acerca de la más noble de cuantas actividades existen en la vida. En una oportunidad, durante la entrega de un premio que le dieron en nuestro país, tuve la fortuna de escuchar su parlamento. Por entonces, sería el año 1995 o 1996, el galardón que le concedieron distinguía trayectorias honestas, honradas, de políticos de ese tiempo. Sus palabras, desde luego, no dejaron a nadie indiferente porque un intelectual es una persona acostumbrada a la exigencia y a la crítica, una persona implacable con la adulación y la sumisión. En concreto, recuerdo de aquel día que glosó una experiencia personal. Comentó, en tono irónico, que cuando llegó a la presidencia del país aparecieron ante sí toda una serie de ventajas y privilegios que lo separaban de su vida anterior. No tenía que hacer cola en los aeropuertos para tomar el avión, pues la presidencia disponía de avión propio. No llevaba dinero en el bolsillo porque los gastos de manutención corrían de cuenta del erario público. Un coche oficial le conducía donde fuera necesario. Estas prerrogativas, le decían sus asesores, eran propias de la elevada tarea a que había sido convocado por el pueblo checo. Se trataba, le susurraban, de exigencias propias para un mejor servicio al interés general. Pues bien, la cuestión que Havel se preguntaba en voz alta ante el auditorio que sería testigo del premio justamente otorgado era si algunas veces el uso de esas prebendas o privilegios no podría hacerse para el interés propio, para el interés personal en lugar de al servicio del interés general. El dilema, desde luego, retrata una personalidad rebelde, poco acomodaticia, un alma exigente, una personalidad autocrítica. Tal consideración, en los tiempos que corren, constituye un magnífico aldabonazo en la conciencia de no pocos hombres y mujeres que se dedican a la actividad pública, pues en tantas ocasiones el poder y el mando, más que en un servicio, se convierten en una peligrosa obsesión. Por eso Havel está de actualidad y sus enseñanzas son muy adecuadas para que la política no pierda su referencia ética y vuelva a ser esa gran tarea de servicio a la comunidad.

*Catedrático de Derecho Administrativo | jra@udc.es