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EL FIELATO >

Viaje con nosotros > José David Santos

   

“Ojalá todos los problemas en la vida fueran como este”. Con esta reflexiva afirmación mi santa respondía a mi enfado mezclado con resignación. Ella, más pragmática, tenía razón, pero no me nieguen que cuando una compañía aérea te retrasa -algo eufemístico el término- un vuelo previsto a las ocho de la tarde para las cinco y media de la mañana del día siguiente no es para calentarse. Sé que ocurre a menudo, que, sí, que no es un problema grave, pero jode. Sobre todo, cuando tienes la impresión de que te toman por tonto. Resumo. Te embarcan dos veces -en realidad, te introducen en el gusano que da acceso al avión- y a los pocos minutos te obligan a salir. La primera, debido a que “el avión tiene una avería”. Y, claro, uno se acojona porque has visto que el avión averiado acaba de llegar de Tenerife y, una de dos, o ya venía roto o se ha estropeado estando parado. Las dos opciones… Tras la avería, te envían al otro lado de la famosa T4 de Barajas, te introducen en el finger y, otra vez, te obligan a salir porque “no hay tripulación” y, como se oía entre lamentos del pasaje, “con todo el paro que hay en España”. Después, viene el juego de retrasar la salida poquito a poco, así, de veinte en veinte minutos, hasta que llega la noticia de que te vas a quedar a dormir en un hotel cercano porque el vuelo saldrá al día siguiente a la sana hora de las cinco y media de la mañana. Aparece un relaciones públicas -el chaqueta roja del argot de Iberia- que asume el papelón de responder a mil dudas de 150 pasajeros menos irritados de lo esperado, pero que, lógicamente, quieren saber qué pasa. Tras esperar casi una hora por varias guaguas, nos dividen y mandan a distintos hoteles. Y te pagan la cena, “por supuesto”. A los demás no sé, a mi me mandaron a cenar a Tokio, un restaurante chino (¿?), cercano al hotel que usamos dos horas para volver al aeropuerto y despegar, no sin antes darnos las “gracias por elegir Iberia para su traslado a Tenerife Norte”. A esas horas no hizo gracia la coña. De tan prosaico suceso se sacan conclusiones. Una de ellas es que el canario -la mayoría de pasajeros era de nuestro terruño- está entregado. Alguien, en los improvisados corrillos, apuntó que nadie se quejaba porque casi todos éramos canarios, y no por aplatanados, sino porque somos unos resignados profesionales cuando viajamos. De hecho, la única que le montó un cristo al piloto fue una doña de marcado acento de la meseta castellana. Otra conclusión es que el ser humano empatiza en las desgracias, aunque sean pequeñas, y enseguida dialogas de lo humano y lo divino con desconocidos. Pero lo inquietante es que, como en aquel extraordinario cuento de Julio Cortázar, Autopista del sur, una vez resuelto el atasco todo eso desaparece y nos volvemos, de nuevo, unos extraños. Eso sí que es un problema.