nombre y apellido >

Augusto Pinochet > Luis Ortega

A la izquierda y al sector templado de la sociedad chilena no la convencieron los argumentos maniqueos del ministerio de Educación para cambiar, sobre el papel, la cruda realidad de la dictadura militar -que tras el golpe de Augusto Pinochet Ugarte (1915-2006) contra el presidente constitucional Salvador Allende) que contabilizó más de tres mil muertos y un millar de desaparecidos, por el eufemismo de “régimen militar”- que se ha incluido en los textos escolares de segundo grado. Las clases medias que votaron sin complejo a Sebastián Piñera observan, con preocupación, las machadas de los integristas que apoyaron al militar rebelde, juzgado por crímenes y desapariciones y, ahora, apenas transcurridos seis años de su muerte en su arresto doméstico, reivindican sus logros en el terreno económico. A la ceguera iconográfica de la justicia habría que unir, en este caso, la sordera ante el clamor de los familiares de los desaparecidos que buscan con desesperación cualquier terrón sin señas o cuadrante de mar para saber que allí reposan sus restos y consolarse con su huella incierta en la biografía. La voluntad de reescribir la historia -es decir: contarla según sus intereses- es tan vieja como la historia misma y España tiene en ese inmoral oficio una larga tradición y epígonos deslenguados que pontifican en sus medios y aún -¡menuda coña marinera!- piden perras a sus afines para continuar una cruzada que, algunos ingenuos, pensamos que la democracia había finiquitado. Lo peligroso, en este episodio de Chile, es que, en paridad a la indignación de los calumniados, aparecen con modos de falsa conciliación los que colaboraron con el sátrapa, cuyos éxitos económicos no se pueden justificar con la sangre inocente derramada. De este suceso, con amplio eco en los medios nacionales e internacionales, nos repele especialmente la actitud del ministro de Educación, Harald Beyer que, “aunque consideró que los diecisiete años de Pinochet fueron una dictadura, entendía también que otros, por razones pedagógicas, lo llamaran régimen militar”. Su comportamiento, digno de un Tartufo de vía estrecha y el silencio, hasta ahora, de Piñera, son los aspectos más ingratos de un asunto desgraciado de un país que, pacíficamente, se ganó la libertad que le habían arrebatado con las armas quienes debían defenderlo. Ojalá que esta sea una tormenta de verano -allá toca esa estación – y Piñera, que mostró moderación en la campaña, no vuelva a recuperar el apelativo de El Loco, con el que lo identifican sus adversarios políticos y el militarazo del felón quede como lo que fue, como una dictadura que apesta a loa demócratas de todo signo.