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Cómo ser periodista, meter la pata y no morir en el intento

J. B. | Santa Cruz de Tenerife

La historia, según se dice que dijo Adenauer, es el conjunto de todas las cosas que hubieran podido evitarse. Tal vez esta sea una de las visiones más pesimistas de la crónica de los acontecimientos que nos precedieron, pero seguro que más de un periodista estaría de acuerdo con la visión del estadista alemán. Y es que la prensa, la radio y la televisión, escriben cada día, cada hora, cada minuto, una apresurada historia de las cosas que pasan. Tanta es la prisa y el trajín que, de cuando en cuando, el normal flujo de la información entre el periodista y el ciudadano se ve salpicado por alguna anécdota más o menos graciosa. Es decir; que metemos la pata.

La entropía del periodismo canario está reflejada, afortunadamente, en una larga pléyade de casos que, seguramente, les harán sonreír. Muchas de estas anécdotas están contrastadas, probadas y documentadas. Otras son difícilmente probables porque sus protagonistas, desgraciadamente, ya fallecieron o están dispuestos a negarlas hasta la última gota de su sangre. Otras han sido recogidas por la “tradición oral” de la profesión y pueden ser falsas como Judas, aunque por lo divertidas merecerían ser ciertas. En cualquier caso, tómense todas como lo que son, anécdotas graciosas que o bien fueron o bien podrían haber sido o tal vez de no ser ciertas hubieran merecido serla. En aquellas que pudieran constituir un demérito o una burla para sus autores, hemos omitido el nombre, bien se traten de periodistas o de políticos. No hemos hecho gremialismo a la hora de disculpar a los involuntarios protagonistas de un “lapsus” o un patinazo. Sólo revelamos los nombres de aquellas historias que pensamos divertidas. Este es el espíritu de estos recuerdos que no pretende herir, sino divertir, entretener y recoger unos botones de muestra de la parte más graciosa y menos conocida de nuestra profesión.

El periodismo, ya lo hemos dicho, es un oficio que exige cierta rapidez. Hay que escribir rápido, comprender rápido, relatar rápido. Los periódicos se consumen al día siguiente (cuando no sirven para envolver el pescado o secar una mancha en el suelo) y los lectores quieren una imagen certera de lo que pasó ayer. Los pontífices de la nueva prensa, además, dicen que la diferencia entre las radios y los periódicos es que aquellas cuentan la realidad mientras que los segundos la analizan, la desbrozan, la interpretan. Así que el periodista de radio o tv debe relatar con eficiencia lo que ocurre mientras que el de prensa, que sale cuando los demás ya han contado lo que pasó, debe además decir “por qué” pasó lo que pasó. Así ocurre que en esa vorágine de juicios rápidos sobre acontecimientos cotidianos, a algunos compañeros se les va la olla porque uno no tiene todos los días el viento de popa.

Por ejemplo, corría el año 1983 y se celebraba la toma de posesión de los nuevos diputados en el Parlamento de Canarias. Un grupo de periodistas “veteranos” está en una tribuna asistiendo al solemne acto. Uno de ellos acaba de reincorporarse después de unas cortas vacaciones que siguieron a la dura campaña electoral. Desde la mesa de edad van llamando a sus nuevas señorías para que suban al atril a realizar la fórmula de promesa o juramento de sus cargos. Entonces el secretario de la mesa llama a un diputado socialista que se levanta y empieza a caminar con paso vacilante hacia la tribuna.

-¡Joder, ese tipo está colocado!

El comentario es de un periodista, atónito, que mira cómo el nuevo diputado trastabillea al subir el escalón que lleva al atril. Tras prometer su cargo regresa al escaño y nuevamente, al bajar los escalones de la tribuna, da un pequeño traspiés que está a punto de llevarle al suelo aunque luego, de forma algo insegura, regresa a su escaño.

-“¡Pero cómo se puede venir a la toma de posesión de diputado con una melopea como la que lleva ese tipo, hombre, por Dios!”

Exclama nuevamente el periodista que está asombrado. Sus compañeros, en cambio, están mirando fijamente al salón de sesiones, como si les hubieran atornillado el cuello. Ni le miran. A él le parece indignante tanta indiferencia, pero una voz suave, desde atrás, le explica.

-“No está borracho, es un invidente”.

El compañero gira la cabeza y ve a una señora sonriente que le pone al día de su metedura de pata. Lo que acaba de ver es una proeza, fruto de muchos ensayos. El invidente se ha levantado de su escaño, ha caminado sin bastón ni ayuda hasta la tribuna, ha cumplido la fórmula de la promesa del cargo y ha vuelto a su sillón. Alucinante. ¡Cuánto tiempo habrá invertido en los ensayos!. El periodista carraspea. Vaya metedura de pata. Menos mal que está entre compañeros. Y que la joven que está detrás de él, le ha informado tan amablemente de la discapacidad condición del diputado.

Y como no hay nada más entrañable que la solidaridad de los periodistas. Un compañero, Francisco Pomares, que está al lado del bocazas, le informa con una sibilina sonrisa y la voz suficientemente alta como para que se escuche por todo el mundo.

-“Es su marido”

El compañero desea que se lo trague la tierra. Y mientras observa a sus colegas, que siguen mirando fijamente hacia el salón de plenos, aunque alguno tiene el rostro púrpura de aguantar la risa, siente que esta no es una profesión solidaria. Y acierta, naturalmente.

Logopeda

Cómo va a ser solidaria una profesión de individualistas muy poco acostumbrados a trabajar en equipo. Pero hay almas de cántaro, buenas gentes, primaverales brotes de profesional de la cosa, que se creen de verdad en medio de una película donde los buenos son los suyos. Aún no han descubierto que esa famosa frase, “¡cuerpo a tierra que vienen los nuestros!” se inventó en una Redacción.

Un caso de inocencia sin atenuantes de candidez, sin eximente alguno de simplonería, es el de una responsable de prensa de un alcalde de nuestras islas. El hombre era un político recién aterrizado, con un merecido prestigio adquirido como asesor económico de ministros. El que hubiera asesorado a ministros de la izquierda y se presentara a la política en un partido conservador no es más que una de las muchas pruebas de cómo nuestra especie ha sabido adaptarse a la evolución en este cambiante planeta.

Bueno, pues tenemos a nuestro hombre que es brillante, que es sagaz, que es un empresario de éxito, que tiene buena planta y un ático, como ya hemos dicho, bien amueblado… pero, ¡ah!, nada es perfecto, tiene un perverso “tic” en el cogote que le hace estirar el cuello de forma compulsiva cada pocos segundos. Claro, esto en la tele da fatal.

-¿Y que opina usted del futuro de Canarias”

-“Pues verá usted (TIC) yo creo que el futuro de las islas (TIC) debe pasar por una apuesta decidida (TIC) por el desarrollo económico (TIC)”.

Nada. Fatal. Que parecía que se le estaba desatornillando la edílica cabeza del tronco. Así que andaba su responsable de prensa en un estar sin estar en sí, transida por la angustia de ver cómo un cerebro tan estimable en un paquete tan bien echo resultaba deficiente para la política a causa de un maldito movimiento nervioso que no había manera de quitarle al hombre. Una noche, entre copa y copa con unos colegas (fatídica costumbre de periodistas donde los nuevos acaban siempre por meter la pata) abrió el armario de sus problemas y relató el asunto del TIC de su jefe, que naturalmente era más que conocido. La mayoría de los que la escuchaban con cortesía, y a los que su jefe les importaba tres pimientos, se pusieron después a hablar de otras cosas. Pero en toda reunión de periodistas hay un cabrito -uno especialmente- más dotado para la broma que el resto. Un burlón profesional. En esa reunión también estaba. Se acercó a la responsable de prensa y se mostró comprensivo con su problema.

-“Yo también los tuve cuando fui el jefe de imagen de Zutano. No veas. Tenía un tic nervioso en el ojo derecho y parecía una ametralladora. Pero lo llevamos a un logopeda fantástico y menos de un mes se arregló el problema. Es un asunto que hay que resolver sin dramatismos. Te pones en manos de un profesional y ya está. Pero es una lata que hay que resolver porque da muy mala imagen”.

Los compañeros se rieron un poco y ahí acabó la fiesta. Naturalmente, el político al que se refería el periodista era Miguel Zerolo, flamante consejero de Turismo, que no había tenido un tic en su vida. Y además, un logopeda puede resolver, en ocasiones, problemas relativos al lenguaje, pero es muy difícil que pueda abordar con solvencia los movimientos musculares involuntarios. Pero a veces las bromas dejan secuelas. Dos semanas más tarde llaman al bromista por teléfono y es la jefa de prensa del político con tic, es decir, del “poli-tic-o” (si, vale, vale, el chiste es malo como un dolor y viene cogido al pelo, pero es que me pagan por palabras). Saluda a su compañero, le agradece los consejos “de la otra noche” (“¿De qué consejos me habla esta, qué dice?”, se pregunta el colega que naturalmente no se acuerda de nada) y le espeta: “Oye, que te paso con mi jefe para que le des el nombre de ese logopeda fantástico”. Y allá que se pone en el teléfono el brillante líder para preguntar por un logopeda que no existe, para resolver un problema que no es materia de logopedas hablando con un periodista que no conoce a ninguno. El compañero se inventó las mil excusas y pidió unos días para buscar la dirección del “excelente profesional”. Naturalmente la dirección nunca apareció aunque el político de marras encontró otro profesional que le arregló el problema del tic nervioso (dicen con una técnica de trasferencia (ahora el movimiento lo hace con el pie por debajo de la mesa). Tanto se lo arregló que hoy es él el que pone nervioso a los demás, ya que es uno de los más sólidos oradores y uno de los políticos con más éxito en Canarias, en Madrid, en Barcelona o en Soria.

Locutores

Esa jefa de prensa del político fue, por cierto, locutora de una televisión en Canarias. En su anecdotario figuran algunos de los chascarrillos más divertidos de esta profesión. Como el que da cuenta de su inenarrable crónica del viaje de un pontífice.

– “Mañana, por otra parte, los máximos dignatarios del Gobierno se dirigirán al Vaticano donde serán recibidos en audiencia por Pablo Vi”.

¿Pablo Vi?… ¿Vi del verbo ver? ¿O Bi como prefijo de doble; bicéfalo, bidimensional, bianual…? No, lectores y lectoras, no. No con “Be” de burro o burra, sino con “Uve”. Pablo Vi. Y no es que la locutora tuviese el honor de haber visto al papa Pablo, es que se refería a Pablo sexto que, como es habitual a los residentes del Quirinal acompaña al nombre de su elección de los números romanos que indican el número de papas con ese nombre que previamente han ocupado la silla de San Pedro.

De esta misma compañera –que por el número de orden del papa habrán percibido que llevaba unos años trabajando en esto de la prensa— se cuenta otra anécdota divertida. Le entregan un premio en determinada agrupación industrial, un precioso objeto hecho de vitrocerámica y ella sube a la tribuna para agradecerlo. “Gracias por este maravilloso galardón de metacrilato”, dice nada más empezar. El premio, por cierto, era a la mejor información sobre el mundo de la industria canaria.

La locutora vio los números romanos del nombre del Pontífice, pero no los entendió. / DA

Claro que en estos de los ordinales nadie está libre de pecado. Que se lo digan si no a un director general de deportes, el amigo Aniceto, que situado en el trance de inaugurar la veintiún edición de los juegos escolares, o algo por el estilo, se dirigió con esta solvencia al respetable público: “Quedan inaugurados los equis, equis, i, juegos escolares”. ¿Los qué? Sí hombre, los equis, equis, i, juegos escolares; o lo que es lo mismo, los XXI juegos escolares. Si es que no se enteran.
Los nervios juegan malas pasadas. Por ejemplo a Miguel Zerolo, el alcalde de Santa Cruz y ex consejero de Turismo, le gastaron una de importantes dimensiones hace tiempo. Mucho antes de que Zerolo fuera alcalde de Santa Cruz y terminara subiendo al Gólgota de Las Teresitas, fue un jovencísimo concejal de Parques y Jardines con Manuel Hermoso. Un día, el alcalde le mandó acudir en su nombre a la fiesta de Los Campitos, un barrio de la capital tinerfeña, para coronar a la reina de las fiestas en nombre del alcalde. Allá se fue Zerolo con el miedo en el cuerpo ante su primera comparecencia multitudinaria.

Mientras estuvo en la primera fila del público todo fue bien, pero cuando anunciaron el nombre de la ganadora y le dijeron que saliera al escenario para la coronación, le temblaron las rodillas. Subió, miró la gente que llenaba el patio de sillas, se dirigió a la bella y sonriente jovencita y la coronó de una manera muy particular: “En nombre de la reina te corono alcalde”, sonó por los altavoces para general carcajada del personal y azoramiento de Zerolo que bajó más lívido de lo que había subido al escenario.

Claro que su jefe de filas tampoco era manco. Metido en esto de la política un poco a traspiés, Hermoso se vio de alcalde carismático casi de la noche a la mañana. En su primer mandato su primer acto público fue inaugurar la tradicional feria del libro que se celebraba en el parque García Sanabria de la capital. Manuel Hermoso se colocó delante de periodistas, libreros y curiosos y con aplomo y seguridad dijo: “Es un honor para mí, en este Año Internacional del Libro, inaugurar esta Feria del Niño”. Era el año de la infancia y la feria del librero, pero el alcalde los trastocó con tanta contundencia que después de las risas a más de uno se le ocurrió que tal vez estaba pergeñando alguna feria genial dedicada a los pequeños.

Y es que hay que tener sensibilidad para los niños. Como la de una locutora de TVE en Canarias, que un día presentaba el Telecanarias con el donaire y el salero que la hicieron justamente famosa.

-“Y ahora –se dirigió a los telespectadores—cambiamos de tema. Dejamos el puerto y la afluencia de buques para hablar de un asunto que interesa fundamentalmente a los niños, pero que también debe preocupar a los mayores. Nos referimos a la construcción de un nuevo parque eólico en…”

Conforme dejó de inventar la entradilla y pasó a leer la noticia nuestra genial locutora descubrió que su parque eólico tenía poco que ver con los niños y mucho con la generación de electricidad a través del aprovechamiento del viento, pero ya era tarde para dar marcha atrás y ahí quedó esa guinda televisiva que es un homenaje a la frescura a la hora de presentar las informaciones. Y es que los locutores siempre deberían poner sobre los textos que les mandan los redactores algo de su propia cosecha, un “toque” de humanidad.

Pero no todo el mundo está preparado para esta improvisación. Hay gente que se pone nerviosa. En Radio Club, por ejemplo, realizaba Agrocanarias un periodista que hoy se ha hecho famoso en temas relativos al sector primario de las islas. Era su uno de sus primeros programas y se puso tan de los nervios que cuando despedía el espacio, después de haberlo hecho relativamente bien, se encontró con un súbito ataque de amnesia:

“Pues nos vamos. Hemos acabado por hoy con Agrocanarias. Les habló desde Radio Club Tenerife…. eeeee… eeeee….. eee…. y al control, Damián Delgado”.
Tendrán que convenir con nosotros que olvidarse del propio nombre no es algo frecuente en la radio (recordando sin embargo el del técnico de control) pero así era de original nuestro compañero.

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El alijo de Arturo Escuder y unos perros cargados de sensibilidad

El ya fallecido Arturo Escuder Croft era eurodiputado del Partido Popular, presidente de la Cámara Oficial de Comercio de Santa Cruz de Tenerife y, sobre todo, un ser humano excepcional y una apisonadora en el trabajo. Pero, como todos, también pasó algún mal trago. Un día, en el aeropuerto del Sur de Tenerife, un guardia civil visiblemente nervioso se dirigió a él, lo saludó y le pidió que le acompañara a una sala adjunta a la de recogida de equipajes. Allí le pidieron la credencial de eurodiputado, como para confirmar que él era quien parecía que era. Después de confirmarlo, un sargento de la Benemérita carraspeó, se puso frente a él le preguntó si las bolsas que estaban sobre la mesa eran su equipaje. Arturo, extrañado, confirmó que era su equipaje.

-“¿Está usted seguro que todas estas bolsas forman parte de su equipaje?”

-“Sí, sí. Estoy seguro. ¿Qué pasa?”

-“Señor Escuder, le ruego que lo piense bien. ¿Esta bolsa marrón es suya y forma parte de su equipaje?”

-“Pero… bueno, ¿qué pasa aquí? Claro que la bolsa es mía y forma parte de mi equipaje.”

-“¿Puede usted abrirla?”

Arturo, francamente mosqueado, abrió la bolsa. Y entonces los guardias civiles no sabían dónde meterse. El susto había sido mayúsculo porque ya se imaginaban los titulares de las noticias. Los perros antidroga del aeropuerto del Sur se habían puesto como locos con una de las bolsas de Arturo Escuder y el personal de verde se temía lo peor a pesar de la venerable apariencia del eurodiputado.

Cuando atisbaron el contenido de la bolsa vieron que Escuder venía efectivamente cargado de droga dura, sobre todo paté, foie, quesos, salmón y otras exquisiteces de Estrasburgo. Los perros, por lo visto, no sólo eran sensibles a las drogas sino a los productos que traía Arturo Escuder para organizar una cuchipanda en su casa.

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