el dardo >

Disquisiciones > Leopoldo Fernández

Estamos a punto de acabar un periodo vacacional salpicado de felicitaciones, puentes, fiestas religiosas, reuniones familiares, sorteos de lotería, saltos de año, regalos de Reyes; en definitiva, de todo aquello que -poco o mucho, lo que le da valor es que se manifieste bueno- reconforta, alegra y fija la etapa probablemente más feliz de cada año natural. Como remate, hoy mismo llegan las rebajas, anticipadas al fin en unos pocos días, aunque unos cuantos comercios llevan semanas con sucedáneos en forma de descuentos, ofertas, oportunidades y otros eufemismos al uso a fin de burlar la legalidad establecida -en forma de fechas- para la orgía compradora. Tras el memorial de despilfarro de años de alegría gastadora, en muchas familias estas fechas desatan tristezas y agobios sin cuento porque la crisis y el desempleo han hecho presa en ellas y las han aislado y debilitado. Aun así, la hegemonía de cierto pesimismo circunstancial procuramos dejarla en rigurosa intrascendencia acaso para alejar de nosotros todo aquello que nos desagrada o resulta hiriente porque nos desenvolvemos entre abundancia de bienes materiales, lejos de las carencias de quienes tan poco tienen y tantas necesidades arrastran. Como apuntaba García Lorca, el optimismo es propio de las almas que tienen una sola dimensión: de las que no ven el torrente de lágrimas que nos rodea, producido por cosas que tienen remedio. Las estrellas del rock, los seguidores de la zeja, tantos y tantos artistas, sindicalistas, políticos y gentes de toda condición que otrora protagonizaban protestas y se revolvían ante pretendidas medidas contra los avances sociales guardan ahora, con el avance imparable de la pobreza, un silencio desolador como prueba de la futilidad y miseria de sus planteamientos. Se nos están cayendo a lo bestia unas cuantas conquistas favorables al bienestar colectivo, familias enteras entran en vías de escaseces y desesperanzas y sin embargo, con la que está cayendo, quienes ayer chillaban y alborotaban hoy siguen yendo de marcha y bulla pero callan y hasta se esconden en el mar de la cobardía, ocultando deliberadamente los biorritmos más sensibles ante el sufrimiento y la marginación social de miles y miles de ciudadanos. No insto a nadie a que organice follones y convierta en altercado su frustración ante el imparable avance de la miseria y la pobreza. Pero sería bueno que surgieran aquí y allá, en todas partes, sanas reacciones y resistencias de evidente indignación para dejar bien claro que no somos una sociedad pasota e insolidaria, ni contamos con una clase dirigente insensible y sin luz ante la enormidad de los problemas que tenemos encima.