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El hundimiento > Jorge Bethencourt

El discurso ante el naufragio, que nos llevará en breve a los cinco millones y medio de parados, es aterrador. Porque demuestra que no somos capaces de aprender de los errores. ¿Qué es lo que nos ha traído hasta aquí? La crisis, claro. Primero la crisis financiera, la del ladrillo, la que desplomó nuestra economía de pies de barro. Reaccionamos tarde y mal. Y lo primero que hicimos fue dilapidar en apenas dos años el superávit de la Hacienda estatal. Gastarlo, haciéndonos trampas al solitario, en planes de estímulo económico que sólo sirvieron para crear un falso empleo, insostenible, que duró (plan E) lo que duró el dinero público.

Según datos de la AGETT el tercer trimestre de 2011 se crearon 90.300 empleos públicos. En el mismo periodo, agricultura, industria y construcción perdieron 74.000 trabajadores. En esa fecha (datos EPA) el sector público tenía 3.175.900 trabajadores, es decir 300.000 más que a finales del año 2007. España a comienzos de 1977 tenía 1.374.000 trabajadores públicos, lo que significa que en solo tres décadas, la administración ha crecido un 125% hasta llegarle a costar unos 10.000 euros al año (estudio de la EAE Business School) a cada ciudadano. Y por cierto, Canarias encabeza la lista de las comunidades donde el gasto de personal (ocho puntos por encima de la media estatal) se acerca al 30% del presupuesto.

Este país necesita profundas reformas. Reformas del mercado laboral público y del privado. Reformas de la administración pública. Reformas fiscales que permitan detener el expolio de trabajadores, autónomos y pequeñas y medianas empresas, estranguladas por tasas, impuestos y cargas tributarias. Reformas de la burocracia que ha dejado de ser una herramienta al servicio de la sociedad civil para convertirse en una carga. Reformas del mercado financiero para una banca inepta y cómplice de los gobiernos. El Estado de Bienestar está en quiebra. El barco ha embarrancado, azotado por una tempestad; sí, pero se hunde arrastrado por el peso de su gigantesca estructura. Los que más gritan pidiendo la salvación son los miembros de la tripulación. “No a los recortes”, dicen. O sea, más impuestos. Los únicos que han sido arrojados por la borda son más de cinco millones de pasajeros. Escuchar a todos los tripulantes -gobiernos, partidos, administraciones, sindicatos, patronales…- pedir más sacrificios (léase dinero) a los ciudadanos, que llevan cuatro años sufriendo, me indigna. ¡Pero que jeta se gastan! Que hagan algo, puñetas. O que se lancen al mar.

Twitter@JLBethencourt