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Fados del sur > Rafael Muñoz Abad

Las políticas marítimas de Henrique el Navegante y su avezada visión marinera denominada Descoberta se tradujeron en la exploración y posterior colonización de buena parte de la fachada atlántica del continente africano. Portugal, a diferencia del látigo británico o de la imposición cultural francesa, aceptó el mestizaje y con ello un camino de ida y vuelta; senda que, entre muchas particularidades, ha hecho que en el Portugal de hoy residan africanos que nunca estuvieron en Angola, Bissau o Moçambique. Blancos, mestizos y negros que sólo saben de su origen a través de sus padres y abuelos. Diáspora que comenzó a instalarse en el país desde el siglo XV. Limitada por la escuálida demografía ibérica que imposibilitaba una colonización más allá de la franja costera, la carrera colonial lusa fue discreta pero no por ello menos intensa. Las plazas africanas sólo accederían a su independencia de manera convulsa; generando miles de retornados; y bajo la partitura del kalashnikov y la batuta de los movimientos guerrilleros de índole marxista en plena Guerra Fría. Fados anónimos de todos aquellos que de un día para otro abandonaron sus amplias villas en las barras de Lobito o Luanda; huyendo, que no viajando, con lo puesto; sin ni siquiera tiempo de un adiós o de atestiguar que eran titulares de las casonas cuyas puertas abiertas dejaron. Me decía en la infancia mi amigo Pablo que ellos se fueron del Congo de un día para otro por que los negros se los querían comer… Los retornados arribaron a Portugal aturdidos; desolados, con sus hijos de la mano como único equipaje; y como única certeza, la de un lóbrego futuro en forma de un angosto pasillo en el extrarradio lisboeta. Aquellos que se resistieron a abandonar las comodidades del África blanca abrazaron los cantos de sirena que la Sudáfrica del apartheid ofrecía en forma de casas y trabajos con tal de engordar el censo de residentes blancos. Y es que muchos ya no se sentían europeos. Extrañas criaturas a los ojos mundanos son aquellos blancos que en África han nacido y allí quieren seguir. Las narraciones de Kapuscinsky, últimamente fijo en esta columna, describen el éxodo de los colonos portugueses, y las inacabables filas de cajones que esperaban a ser embarcados hacia Ciudad de el Cabo o Europa. También los hubo que, desoyendo los libertarios cantos con los que la Revolución de los Claveles los invitaba a regresar, se quedaron a ver qué pasaba el día después de la huida. Y es que hasta los perros se querían quedar. Supervivientes, muchos, más ligados a Lorenço Marques -ahora Maputo- que a la antigua metrópoli. Fados del sur. Salazar y su “orgullosamente solos”. Nostalgias plasmadas en sepia. Atardecer del sueño blanco en la tierra del negro. Memorias que, embaladas con la premura del miedo en una curtida y vieja maleta a bordo de algún afilado y elegante liner de La Compañía de Navegación colonial, a una Lisboa foránea retornaron.

*Centro de Estudios Africanos de la ULL | cuadernosdeafrica@gmail.com