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Giambattista Piranesi > Luis Ortega

Roma le debe el inventario cabal de sus ruinas, documentadas o reinventadas porque la arqueología, en el XVIII, no era aún una ciencia exacta, el catálogo preciso y delicado de sus mejores y más representativas arquitecturas religiosas y civiles y, sobre todo, el título que en el Siglo de las Luces, la confirmó como la urbe más bella y famosa del mundo. Nacido y formado en Venecia, Giambattista Piranesi (1720-1778) estudió arquitectura con su tío Matteo Luchesi y con Antonio Scalfarotto, y con su hermano Angelo, fraile cartujo, y Carlo Zucchi las técnicas de la perspectiva y del aguafuerte; descubrió las obras de Palladio y Vitrubio y, en 1740, fue enviado al Vaticano por el legado papal que advirtió su capacidad para el dibujo y su talento. Sin embargo tuvo que resignarse a un papel, tildado entonces de secundario y, después de sus abundantes y exitosos trabajos, elevado a la máxima calidad artística. Tengo un imborrable recuerdo de este insigne grabador: dos estampas de gran formato del Panteón de Agripa, el edificio mejor conservado de la Ciudad Eterna, y el Castillo de Sant´Angelo (o Mausoleo de Adriano), que guardaban las mochetas de un salón de una de las tantas casas caídas bajo la especulación de la piqueta y que, según uno de sus antiguos propietarios, se vendieron fuera de La Palma. Perfeccionó su técnica con Giuseppe Vasi, Filippo Juvara y su paisano Felice Polanzani. Debutó en 1748 con pequeñas estampas urbanas y poco después, la Santa Sede le encargó las famosas Vedute di Roma, colección con la que el Papa obsequiaba a los reyes y embajadores que visitaban su residencia de San Pedro. Con sabio y oportuno criterio, la Academia de Bellas Artes de San Carlos expone en su sede valenciana una hermosa selección de los ricos fondos impresos de este singular artista, protagonista destacado en subastas y reivindicado por la crítica como un estampador a la altura de Durero, Lucas Van Leyden o Rembrandt, dentro, claro está, de su especialización arquitectónica. Por encargo del cardenal Rezzonico, en 1765 (año de aparición de su capital Parere su l´architettura) realizó su única construcción: Santa María del Aventino, iglesia vinculada a la Orden de Malta y dedicada a enterramiento de sus directivos, una elegante inmueble neoclásico donde recibió sepultura bajo un monumento suntuoso en gratitud por la popularidad que sus grabados le dieron a la población donde vivió más de medio siglo.