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Hace una porrada de años, Juan del Castillo León me hizo una confidencia y, con más afecto que interés mensurable, me ofreció sumarme a un proyecto común al que yo debería aportar mi único patrimonio, un oficio por el que sentía entonces una pasión juvenil, sin resquicios para el desencanto. Abortado el empeño quedó una relación abierta y cordial que aún dura y que alentamos en encuentros periódicos a los que, muchas veces, se suman otras personas que responden también a la sagrada obediencia de la amistad que tiene, como regla áurea la sinceridad. “Un amigo (como reza un adagio siciliano) nunca te dice lo que tu quieres escuchar; te dice la verdad y lo que es mejor para ti”. En esas coordenadas, mis amistades son rotundas y complejas y, contra el tedio de la permanente coincidencia, te meten en controversias divertidas, sin sangre y sin río, que convierten un almuerzo programado o un café ocasional en una amena oportunidad de enriquecimiento espiritual. En estos días, preparo con su autor la presentación de un nuevo libro, Retablo tinerfeño, un instructivo regocijo como todas sus publicaciones anteriores. Entiende, con fe y fundamento que la historia es el argumento necesario para influir en las decisiones colectivas; o sea, le reconoce su condición de maestra y, al margen de estilo y calidad, más allá del asunto y por encima de sus consecuencias, encontramos hoy -y encontrarán los futuros lectores- un episodio trascendente o cotidiano, tratados con igual dignidad o jerarquía, una biografía de un prócer o de un tipo del común, resuelta con pequeños toques que son, precisamente, los que conforman los grandes rasgos, los caracteres determinantes y, todo, en cualquier lugar o momento, dicho o escrito con un insobornable aliento de libertad, con una elegancia innata y con una inteligente ironía de la que está desterrada la ordinariez y la procacidad. Por esas razones, objetivas y sin concesiones al viejo afecto que, por auténtico, no admite el halago gratuito soy un incondicional lector de Juan del Castillo, cuyas columnas en las páginas del Decano me reconcilian con un periodismo literario de larga tradición en nuestra tierra, desterrado, en muchas ocasiones, por el autismo colérico, el exabrupto de penosa sintaxis. Este escritor que da lustre a la prensa labora con dos propósitos: el compromiso de reavivar el pasado y la convicción de que el presente es el porvenir o el olvido y él, por generosidad, apuesta por la primera opción.