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Juanjo, un parado > José David Santos

Juanjo tiene 29 años, esposa y una niña de cinco años. Está en paro desde hace 38 meses y 14 días. Hace recuento cada mañana. Desde que lo despidieron ha podido tirar de unos ahorros -nunca fue un despilfarrador- del trabajo de su mujer y, últimamente, de su madre y sus suegros. Sin embargo, lo ahorrado se acabó, su mujer también se quedó en paro y los suegros y su madre comienzan a estar ahogados. Dedicarse desde los 16 años a la construcción le valió para llevar dinero en el bolsillo desde muy joven, pero ahora cuenta con el mismo, único e inútil título que un montón de gente más: la experiencia. Porque eso no le vale, sobre todo, cuando hay tan pocas obras en marcha. Ha buscado en otros sectores, pero nada. Tener solo los estudios básicos no ayuda. Además, la falta de trabajo y las estrecheces económicas comienzan a minar su relación de pareja. Está arisco, mucho menos cariñoso, y las urgencias de su mujer y su hija casi que le molestan. Ha encontrado refugio en el bar que está al lado de la última obra en la que trabajó. Acodado en la barra trabó amistad con dos o tres que con cuatro cervezas y un montón de manises pasan las horas. Allí, las conversaciones siempre terminan relatando, de un modo u otro, la situación por la que están pasando. Se indignan con tanto “político mamón”, con tanto “rico y nosotros pasando hambre”, con tanto “venido de fuera que nos quita el curro”… y de vez en cuando el tono sube y “ya está bien”, “habría que hacer algo”, “este país necesita echar a todos esos golfos”. Y se viene arriba y las cuatro cervezas se convierten en una docena. Tras una de esas noches, Juanjo se para ante la puerta de su piso -a punto de ser embargado- y se da cuenta de que no tiene ganas de entrar y que los 400 euros de la paga se le han acabado en una semana. Y se da la vuelta. Recorre las calles del barrio dándole vueltas a todo y se acuerda de los del bar y que “sí, que tienen razón; que la culpa es de todos ellos, yo me merezco otra cosa”. Se sienta en un banco del parque y ve a su madre sacrificando su pensión por él; a su mujer triste y a su hija que empieza a comprender qué es eso del paro; a sus suegros que igual piensan que su hija podía haber tenido una vida mejor; y, sobre todo, recuerda cuando ganaba pasta. Todas esas imágenes se mezclan con el alcohol, el cansancio y, de pronto, se sume en un llanto sordo durante varios minutos. Al poco, levanta la cabeza y mira hacia la tienda de telefonía que tiene enfrente. Se agacha, coge una piedra y se acerca hasta el escaparate, aprieta con fuerza, echa el brazo hacia atrás y, justo cuando vuelven a aflorar las lágrimas, abre la mano y deja caer la piedra sobre el asfalto. Vuelve lentamente a casa. Ahora sí, abre la puerta, va hasta el cuarto de su hija para darle un beso, como todas las noches, se ducha y acuesta al lado de su mujer. La ve dormir y se jura que va a salir de esta, que esa piedra no volverá a su mano nunca más. Se duerme y ya casi entre sueños se pregunta si será capaz de cumplir la promesa que acaba de hacer. La duda le da miedo.