Jugando a los barcos > Rafael Muñoz Abad

Decía Luis Jar Torre acerca del infausto James Hazelwood -capitán del Exxon Valdez- que jugar con petroleros cerca de la costa es hacer oposiciones para abrir los telediarios. Esta vez, de momento, parece descartarse el alcohol como catalizador del último desastre marítimo; sustituido en esta ocasión, por la frivolidad de subir subalternos al puente de navegación, con objeto de afeitar la costa para enseñarles [a estos] su pueblo natal. Sin comentarios. El reciente accidente del Costa Concordia; más allá de echar a pique la elegante y supuestamente seria imagen de los Costas, ha puesto en jaque la ultima gallina de los huevos de oro de la industria del turismo de masas: los cruceros. No me seduce la idea de apiñar tres mil pasajeros en un hotel flotante en el mejor estilo del Camarote de los Hermanos Marx; donde te ceban a buffets; y te levantan a las siete de la mañana para visitar La Acrópolis o Roma a la carrera. Los accidentes del Estonia o el Scandinavian Star dejaron en evidencia los planes de evacuación; procedimientos que poco o nada pudieron hacer por buena parte del pasaje. Por alguna razón, los accidentes marítimos suelen ocurrir de noche y con mala mar. Los planes de evacuación se ensayan en tardes soleadas y entre las risas de un pasaje trufadas de humor negro; pero a la hora de la verdad, es la impredecible y visceral reacción humana la que gobierna la situación; más allá de que bajo algunos grados de escora, el arriado de botes es impracticable; yéndose con eso el cincuenta por ciento de la evacuación al garete. Los cruceros pueden presumir de embarcar la más avanzada asistencia a la navegación; otra cosa es el uso que de ella hagan los marinos. Alterosas y góticas catedrales de la mar que me recuerdan un poco a aquella sociedad estamental; donde la oficialidad vive en lo alto; la nobleza y el clero, entiéndase el pasaje, ocupa las cubiertas medias; y los filipinos, que a las anteriores sustentan, a duras penas se hacinan rayando la línea de flotación. Por cierto, que no les cuenten historias, los cruceros, más allá de la bonita estampa portuaria, apenas dejan perras en las ciudades en forma de algún souvenir.

* Doctor en Marina Civil