retiro lo escrito >

La cura > Alfonso González Jerez

Imagínese que padece usted una grave enfermedad, asiste a la consulta del médico y el galeno le dice que tiene mala pinta la cosa, pero que existe una solución definitiva y eficaz. Simplemente tiene que ahorcarse y su patología quedará eliminada de raíz. Es más o menos lo que está ocurriendo con el déficit público y la maldita crisis del mercado de la deuda. No es únicamente el Fondo Monetario Internacional quien muestra un rotundo escepticismo respecto a la capacidad de España para cumplir el objetivo del déficit público pactado con Bruselas, ese mesiánico 4,4% del Producto Interior Bruto. Es cualquier economista con dos dedos de frente con las previsiones de crecimiento y actividad económica que están sobre la mesa. España no conseguirá ese objetivo en once meses y tampoco Francia o Gran Bretaña cumplirán los suyos. Simplemente no puedes amputar en un ejercicio 40.000 millones de euros de los presupuestos públicos (Gobierno central, comunidades autónomas, ayuntamientos) sin devastar económica y socialmente un país: sin dislocar su tejido económico conjuntivo, destruir sus sistemas públicos sanitarios, educativos y científicos con un impacto que se prolongará durante generaciones, causar un indescriptible sufrimiento social con millones de personas malviviendo de un subsidio y muchas cientos de miles colgando desesperadamente del precipicio de la pobreza y la exclusión social. Y ese y no otro será inevitablemente el resultado de mantenerse testarudamente, como si se tratara de una cuestión de honor calderoniana, en la estricta ortodoxia bruselense. Porque el Gobierno de Rajoy -y su opinión publicada y toda la constelación ideológica que pretende legitimar este horror como algo tan natural como las leyes gravitacionales- miente al insistir en que el objetivo del déficit es posible, pero sobre todo mienten bellacamente cuando obvian las consecuencias económicas, sociales y, al cabo, políticas, de lo que llaman, según la batueca metáfora ya consagrada, austeridad presupuestaria y recorte del gasto (y de la inversión). Aquí en Canarias se comprueba de nuevo que no existe opinión pública. Es imposible detectar una unidad mínima sobre un diagnóstico básico de lo que ocurre y una defensa unánime de lo posible, y el asunto de las bonificaciones aéreas brilla como una prueba innegable de nuestra consuetudinaria estupidez. Para la derecha soriana se trata de un invento soviético; para cierta izquierda intrauterina, un pretexto de Paulino Rivero para hacerse fotos. Dentro de seis meses, cuando se desmoronen las cifras de visitantes, el sector turístico entre de nuevo en catatonia y se sumen otras 15.000 personas al desempleo nadie tendrá la culpa de nada.