después del paréntesis > Domingo-Luis Hernández

La muerte y la vida > Domingo-Luis Hernández

No vi Toy Story 3 en los cines en su momento; no tuve ocasión. Aunque he de subrayar que he disfrutado con casi todos los trabajos de Pixar. Me parecen excepcionales con pocos reproches. Y hete aquí que, dado lo que significan las vacaciones de Navidad, las cadenas de TV programan productos ligeros para niños. Toy Story 3 sufre de semejante consideración. Luego no fue extraño su reposición en un canal digital. Tampoco que yo por fin la viera junto a mi hijo, después de oír y leer maravillas sobre ella. En efecto, es una película sublime que, aparte de recaudar cerca de 1.100 millones de dólares, consiguió dos oscares, más las nominaciones en los apartados de Mejor Mezcla de Sonido, Mejor Guión Adaptado y (nada menos) Mejor Película.

A donde iba: lo que caracteriza a Toy Story 3 es que da la vuelta al asunto que fundó la serie en el año 1995, con la primera película animada de la historia del cine hecha enteramente en ordenadores. El tema de la primera entrega dicha (Toy Story) era convencernos del valor de los juguetes y de la vívida relación de los juguetes con sus dueños, los niños. La cuestión aquí planteada es el tiempo. Inevitable. El tiempo lo desarma todo, el tiempo todo lo suspende. De manera que es previsible admitir que un niño de corta edad viva amarrado a un juguete cualquiera. Normal. Ocurre, sin embargo, que los años recorren el destino de los hombres y lo que en una época formó parte de la proyección de un pequeño ser humano, de su capacidad de ficción, de juego y de goce termina en un rincón impreciso de la casa, en una estantería como objeto de decoración, en la repisa que decora los recuerdos o simplemente en la basura. Es decir, el tiempo desequilibra no sólo la función de los juguetes sino también su significado: artilugio para imaginar, inventar, jugar… convertido en un objeto estático, improductivo… Para que se entienda: los libros tienen vida si se leen; si permanecen quietos en los estantes de una librería sólo son objetos inanimados, piezas de decorado, cosa sin más. Y otra cosa: la edad se convierte en enemiga mortal de los juguetes.

Supongamos entonces, como suponen y manifiestan los creadores de la serie Toy Story, que los juguetes tienen vida y la manifiestan de manera paralela a la vida de quienes los quieren, los usan o los abandonan. ¿Qué sentimientos comparten en ese caso los juguetes con los humanos? Lo que los seres positivos de Toy Story 3 manifiestan, esto es, el desequilibrio dicho, la desesperación, la angustia…, o lo que manifiesta el terrible oso líder de los juguetes de la guardería a donde van a parar los antiguos juguetes con que se divirtió Andy. El sádico, el sardónico, el diabólico oso Lotso exterioriza uno de los contubernios de los hombres: el rencor, en este caso por precisarse abandonado en un campo cualquiera por su dueña.

Los hechos particulares, insisto, no son los que dan sentido a Toy Story 3; la película está construida, y de ahí lo admirable, sobre la base de la edad planteada en dos niveles. Uno, la estática y permanente edad de los juguetes, como es estática y permanente la literatura que sale de las letras de un libro, o la naturaleza, cual cantó el Vizconde del Buen Paso al Teide; dos, la móvil, la cambiante, la previsible que va del nacimiento, la niñez, la juventud, la madurez… a la muerte, el recorrido por las mil formas de un ser en el tiempo cual señalan nuestros álbumes de fotos. Aunque la película al final resulta positiva, en tanto una niña sustituye a Andy en su papel con los juguetes y ese papel les devuelve la vida, aunque eso ocurre antes de que Andy parta a la universidad, eso queda. Y acaso porque eso queda es por lo que pensé en Steve Jobs. Lo hice no tanto a propósito de que su genio hiciera posible la existencia de esa película al fundar Pixar cuanto porque unos días antes de esa visión contemplé en internet una de las fotografías inéditas de su vida. Su mujer (Laurene) está de espaldas, a la derecha, y mira cándidamente a su marido; él, sumamente delgado a causa del proceso final del cáncer de páncreas que lo mató, dirige la vista con una sonrisa ampulosa y una expresión resplandeciente a Laurene. Signo absoluto de satisfacción, de amor supremo, de reconocimiento a la compenetración, al deseo cumplido, a la satisfacción, a cuerpos que se hablan al rozarse. Luego, descanse en paz, podemos decir. Porque Steve Job vivió. No resumiré aquí su famoso discurso en la Universidad de Stanford de 2005. Si propongo un acuerdo por lo que ese discurso significa al repetirme la frase de Job que dice: “recordar que vas a morir es la mejor forma que conozco de evitar la trampa de pensar que tienes algo que perder”.

Es decir, el corolario “la vida y la muerte” se complementa con el revés (cual pensó Schopenhauer): “la muerte y la vida”. Jobs lo vivió y lo afrontó. Lo que encarna la muerte es que te hace ser consciente de la vida. La cosa no es justificarnos con el insustancial y cobarde “perdurará en la memoria”.

Eso no cuenta. Cuenta que, más allá del tiempo y de la reflexión sobre el tiempo, los seres humanos de este planeta que hemos vivido podemos presumir de que tocamos la satisfacción, de que hemos disfrutado del valor del instante, como los niños disfrutan en sus fusiones con los juguetes.