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Las cuatro de la tarde > Carmelo J. Pérez Hernández

El apóstol lo recuerda como si hubiese sucedido ayer. Eran las cuatro de la tarde cuando Jesús se cruzó en su vida, relata hoy en el Evangelio. Y desde ese momento se acabaron para él las tardes perdidas al sol que más calienta, aquellas que son como esas otras en las que todos hemos rumiado nuestra desazón: esas jornadas que debería llevarse el olvido, “esos días tristes que pasé sin ti”.

Pero no. Fue por aquella tarde recién estrenada por lo que Juan, el imberbe aún, el casi niño, se dejó hacer por Dios ya sin reparos. Nada podía ya, nada quería, contra Aquel que se convirtió en acontecimiento en su vida. Para Juan, el apóstol, el mundo se detuvo para siempre a las cuatro de la tarde de aquel día.

No fue un simple encuentro. Cientos de personas se habían paseado a diario por su Historia: de las que dejan huella y de las que prefería olvidar. De las que pasaron haciendo el bien y de esas que le hacen dudar a uno sobre la bondad de la especie humana.

La mayoría fueron como figurantes de su personal película, material de relleno para dar credibilidad a los argumentos de cada día. Eso no es malo, es lo que hay.
Jesús, sin embargo, detuvo el tiempo para él a las cuatro de la tarde del día en que se convirtió en acontecimiento en su vida. Acontecimiento, sí. No solo encuentro, no sólo deslumbramiento. Sino acontecimiento, que es cosa de dos.

Él les habló: “¿Qué buscáis?”. Él les provocó: “Venid y veréis”. Él cumplió: “Fueron, vieron y se quedaron”. Ellos le dejaron hablar, le permitieron que les provocara, le dieron una oportunidad. Por eso se paró el reloj a las cuatro de la tarde.

El acontecimiento del encuentro con Dios mismo se gestó aquella tarde desde el arrebato de Uno que se adelanta saliendo a los caminos a convocar a sus hijos y, por otra parte, desde el estremecimiento de quien nunca se ha conformado con sobrevivir, de quien no descansa hasta ponerle nombre a su desasosiego, a esa semillas de libertad total y de plenitud que intuye en su interior.

Así, cosa de dos, se hicieron las cuatro de la tarde de aquel día inolvidable. Por fortuna para nosotros, siguen siendo las cuatro.

Sigue habiendo camino en el que tropezar con el que salió primero a nuestro encuentro. El cielo sigue teniendo ganas de provocar y un lugar hacia el que dirigir los pasos del que busca.

No nos equivoquemos. Hacen falta más que palabras bonitas y sueños de colores. Es preciso darle cancha a la insatisfacción que se experimenta cuando nuestras propias fronteras no son suficientes.

Es preciso seguir sedientos de un acontecimiento que cambie la vida para siempre. Hay que estar abierto a probarlo en serio; no como aquellos que juegan a dejar de fumar a principios de año, sino como los que hemos dejado de hacerlo porque de repente nos iba la vida en ello.

Por fortuna, siguen siendo las cuatro de la tarde para el que busca a Dios-acontecimiento. Los que se mueven como expertos profesionales en las cosas de Dios, esa segura rutina de cada día, lo tienen más crudo. Para ellos siempre serán las menos cuarto. Aunque aparenten vivir en hora.

@karmelojph