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Lo tienen crudo > Alfonso González Jerez

Lo peor de Rodríguez Zapatero no es que reaccionara “tarde y mal” ante la crisis económica víctima de un asombroso avestrucismo. Lo peor no ha sido renunciar a “una estrategia de izquierdas” (sic) para salir de la crisis. Lo peor, sin duda, fue su parálisis indiferente en los años de vacas sospechosamente gordas. Aplicó entonces algunas políticas redistributivas, ciertamente, pero siempre actuando sobre los gastos, no planteándose nunca la estructura de los ingresos, y cuando lo hizo, fue para bajar impuestos. Ni la más leve señal de diagnóstico crítico del gasto disparatado de ayuntamientos y comunidades autónomas. Nada de reformas laborales desde la fortaleza política y el superávit de la Seguridad Social. Ninguna autoridad y sí una complacencia repugnante frente al muy bichado sistema financiero. De las administraciones públicas -incluida la administración de Justicia- cualquier comentario resultaría tan ocioso como lamentable. Salvo la codificación legal de algunos derechos de los llamados tercera generación -el matrimonio homosexual- y la lucha contra la violencia machista, el contenido reformista del mandato de Rodríguez Zapatero es bastante exiguo. Y a esto se añade la terrible exfoliación de talento y experiencia a la que, junto a su mediocre pero diligente escudero, José Blanco, vicesecretario general del PSOE ahora investigado por corrupción por el Tribunal Supremo, sometió a la organización socialista. El PSOE se equivocó al elegir a Rodríguez Zapatero como secretario general en el XXXV Congreso Federal. Un error democrático, por supuesto, pero un error poco discutible. Si políticamente Rodríguez Zapatero no dejó un legado de mínima solidez regeneracionista y solvencia intelectual, desde el punto de vista de la gestión del partido su ejecutoria ha sido desastrosa. La mediocridad más despepitada, sustentada en una retórica progre y juvenalista, se transformó en el principal mérito para el ascenso en manos de un dirigente que lo confiaba todo a su prodigiosa intuición. El debate crítico se evaporó. Los más brillantes fueron acallados, exiliados o amargados. Y se apretó el acelerador todavía con mayor intensidad para afianzar al partido como una burocracia paraestatal dedicada a ganar elecciones y actuar como grisácea claqué en un ridículo culto a la personalidad. Desaparecía el PSOE. Se rotulaba ZP. Después de semejante sacudida sísmica, un terremoto maquillado por siete años en el poder, los socialistas lo tienen extraordinariamente difícil. Los candidatos en el próximo Congreso Federal son dos exministros de Rodríguez Zapatero. Uno, Pérez Rubalcaba, perdió brutalmente las últimas elecciones legislativas; la otra, Carme Chacón, no ha musitado en toda su relampagueante carrera política una idea, una sugerencia, una propuesta organizativa, programática, estratégica. Parece que ahora juegan a quien es más de izquierdas, más inmediato, más entusiasta, más compañero. Yo, modestamente, creo que el PSOE no está para esos juegos.