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Marcos de Obregón > Luis Ortega

Pusimos en boca de Marcos de Obregón, escudero de la novela de Vicente Espinel, un tópico incuestionable -“¡Qué bonito es el amor cuando no hay necesidades!”- que viene al pelo en estas notas dedicadas al estudio de Metroscopia sobre la confianza ciudadana en las instituciones. Hacemos abstracción del árbol caído -el arrogante Urdangarin y sus investigadas andanzas- y recordamos que, en el septenio del ladrillo, los españoles proclamaban su europeísmo y su certidumbre plena en el ejército y la corona y, en orden descendente pero, al fin y al cabo, positivo, en otras entidades y servicios. Preocupaba a la mayoría el terrorismo. En el primer cuatrienio de la crisis, conocemos lo más valorado -científicos, médicos, fuerzas armadas, universidad, entre otros- lo más detestado -políticos, bancos, sindicatos y obispos, entre otros- y, entre los catorce favoritos y los catorce censurados, existe una franja templada del mismo tamaño que se mueve entre el 5,6 (encabezada por el jefe del Estado) y los empresarios, calificados con un 4,6. En esa faja es donde, en lo que a mi se refiere, encuentro las mayores sorpresas o, en román paladino, un potaje donde liberados de la crítica a la administración de justicia, en los puestos de cola, aparecen jueces, fiscales y tribunales, incluida esa sonora nulidad que se llama el Constitucional, politizado hasta el tuétano y convertido, en la práctica en una última instancia, que salta sobre el escalón del Supremo. Volveremos sobre este selecto grupo, elegido en función de filiaciones y simpatías partidarias, cuyas sentencias son un albur para los razonables y parte de su jurisprudencia un palo en la rueda del sistema partidario que avala nuestra Constitución. Volveremos porque, aunque algunas señorías añoren la desaparición del desacato, las caras, polémicas, paradójicas y dolorosas actuaciones de ese corporativo podrían ser asumidas, con iguales o mayores garantías que ahora por una sala específica del Supremo. Dejamos para el final la figura del monarca, la única que se presenta en singular -no se habla de la Corona ni de la Familia- y que aprueba con cierta holgura. La inteligencia en el diseño de la encuesta persuadirá de su error de cálculo a los conspiradores de retrete -así llamó Espinel a los cortesanos – empeñados, según Peñafiel, en hablar de la edad, achaques y deterioro del monarca y “de la preparación del heredero”. Con esas cosas, tal y como va la historia, no se juega y, si quieren comprobarlo, les proponemos que, en el próximo sondeo, pluralicen la pregunta sobre la jefatura del estado y la extiendan a su regio entorno, en pleno hervor por las noticias y rumores.