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Mentiroso > Alfonso González Jerez

Al señor Francisco Camps, lo han declarado no culpable de un delito de cohecho impropio. El jurado popular ha establecido en su sentencia que “no se puede considerar probado” que los golfos de la trama Gürtel le hayan regalado los trajes. La autoridad judicial ratificará, por tanto, que Camps no ha cometido el delito del que fue acusado. Eso es todo. Es importante -sobre todo para el señor Camps- que haya salido absuelto. Pero una sentencia judicial absolutoria carece de cualquier valor de enaltecimiento moral. Camps no ha cometido un delito -por lo demás, el cohecho impropio es casi una fruslería penal- pero ahora pretende hacerse pasar por un héroe, por un alma pura que ha superado un martirologio atroz, por un hombre que ha triunfado frente a una fenomenal conspiración de canallas. En cierto sentido Camps y sus críticos más irreductibles comparten algo en común: no respetan la sentencia porque la metamorfosean en otra cosa. Los primeros acuden, entre otras babosadas, al peregrino argumento de que los jurados son ciudadanos valencianos y no han querido convertirse, con una sentencia condenatoria, en ciudadanos apestados en su propio país: juro que lo he leído así. El señor Camps y sus conmilitones agitan la sentencia impudorosamente y la transmutan en un rehabilitación moral en toda regla. Para Camps la sentencia no establece que es “no culpable” de un delito específico: refleja que es un hombre justo, íntegro y benemérito desde el instante de su concepción hasta su actual alopecia.

En cualquier país civilizado (obsérvense las primarias republicanas en un lugar tan demonizado democráticamente como Estados Unidos) pillar a un político en una mentira flagrante es más que suficiente para destrozar su carrera. En sede parlamentaria el señor Camps declaró explícitamente que no conocía de nada al tal Bigotes, cabecilla de la trama Gürtel y untador mayor del Reino de Valencia. El mismo Camps debió escuchar sus conversaciones telefónicas con tan deleznable individuo, e ignoro qué mecanismos psicológicos y emocionales emplea todo un expresidentes del Gobierno para no caer fulminado por la vergüenza. Camps mintió una y otra vez públicamente sobre este asunto antes y después de ser imputado por el Tribunal Superior de Justicia de Valencia, y lo hizo con énfasis, con pasión, con frenesí. No es ni siquiera necesario llegar a la conclusión obvia y elemental sobre una relación basada en requiebros, regalos y cenas compartidas entre un organizador de eventos que se hizo millonario en la comunidad valenciana y el presidente de dicha comunidad. Basta constatar -y ha quedado constatado- que el señor Camps es un mentiroso recalcitrante que ultrajó su cargo y burló la confianza de sus conciudadanos.