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Pulso > Salvador García Llanos

A la espera de que aparezca la que se denominaría una tercera vía -el caso es que cada vez queda menos tiempo-, y de la resolución a esa solicitud firmada por unos centenares de militantes de aplazar a junio la convocatoria del Congreso Federal -¿no querían flagelo?; toma otra dosis-, Alfredo Pérez Rubalcaba y Carme Chacón ya echan el pulso por la secretaría general del PSOE, tarea prioritaria que, por cierto, no debe desdibujar ni difuminar la fiscalización de la acción del Gobierno pues aunque andemos en ese período cada vez más etéreo de los cien días de gracia, algunas decisiones de calado obligan a fijar posición política.

Pero hay otro pulso que los aspirantes conocen bien: el pulso orgánico, entendido como el latido de la propia organización, la que se asienta en las agrupaciones locales y ramifica una estructura cuyo funcionamiento debe tener otro carácter y otra dinámica sea quien sea el ganador de la cita congresual de febrero.

El objetivo, entonces, sería que el partido recobrase el pulso, el que se ha ido apagando progresivamente no por causa directa de los notables reveses electorales del pasado año sino por la actividad interna que, por factores de distinta naturaleza, fue menguando de forma incesante hasta darla por inexistente en algunos casos.

Después de haber experimentado en la década de los ochenta y en los primeros años de la siguiente aquella efervescencia que, en el fondo, entrañaba una motivación que, a su vez, servía para proyectarla al exterior -base primordial de cualquier trabajo político-, de unos años a esta parte apenas unas burbujas y la acción del poder institucional allí donde lo ocupen adveran la huella del socialismo.

Difícilmente se puede hacer política, en toda la extensión de la palabra, si hay agrupaciones cerradas durante meses o si los órganos de dirección no se reúnen o lo hacen de uvas a brevas. Si falta el debate, falta todo: cristalizan los recelos, la incomunicación, la desgana, la apatía, la exclusión, el aburrimiento y la retirada. En esas condiciones, si es difícil tener discurso y transmitir mensaje, no digamos emprender cualquier iniciativa orientada a recabar el respaldo de la población.

Por poner ejemplos: cuando tanto se habla de rearme ideológico o de democratización de la estructuras y del funcionamiento de la organización, habrá que enseñar desde la base nociones y fundamentos. Enseñar y practicar, hacerlo sin miedo, explorando si es necesario, con métodos y programas, sin fomentar cainismos ni estigmatizaciones por un quítame allá esas discrepancias o esas críticas.

Habrá que formar, en definitiva, para aprovechar las experiencias que se acumulan a lo largo de la historia democrática. Por fortuna, hay instrumentos de sobra para hacerlo en todos los niveles, combinando los recursos elementales con las técnicas al alcance más modernas.

Formación, pletórico tesoro, para integrar y cohesionar, para darle sentido al activismo político, para ganar espíritu crítico y para fortalecer la organización. Lo contrario sería una esclerotización de mucho cuidado.