opinión >

Se prohíben las erupciones > Randolph Revoredo

Ya puestos, se debería. Como aquél visionario que quería regular los periodos de lluvia y sol a voluntad. Un respetado intelectual que creía que la palabra es la realidad aconsejó al Ministro de Administraciones Públicas de su país, ante la crisis que sufrían, decretar como orden directa del más alto mandatario La Solución. “Lo que ahora ocurre es porque simplemente nadie ha invocado la solución” decía en todos los foros a su alcance, cada vez más numerosos. “Todos quieren la salida a sus problemas, muchos analizan sin descanso las causas subyacentes que nos ha traído hasta aquí, nos complicamos al aplicar complicados modelos predictivos y hasta caen gobiernos, aún así, no se soluciona la crisis, no obstante todos desean el final de estas desavenencias: ¿No os dais cuenta que el análisis, el deseo y el castigo no resuelve nada?” Hablaba con fuerza hipnótica, con la vehemencia de quien tiene la verdad.

Su propuesta era radical. Se trata de un decreto-ley inspirado en la más profunda cabalística de los antiguos monjes persas, un conocimiento al que solo un puñado de iniciados en el mundo son capaces de comprender. Algo así como: “Por medio del presente decreto, quedan resueltos todos los problemas de este país” ¡A quién se le habría ocurrido pensar que los problemas pervivían porque nadie afirma que estaban solucionados! Puto genio. Toda la gente quedaría exultante de felicidad y no harían más que vitorear al gran hombre de estado y su asesor, a su paso. Era el invocar el poder de la palabra para cambiar las cosas. “Para que lo entiendas” me dijo una vez como quien habla con su perro, lentamente para que lo asimile. “Si yo me miro al espejo y me digo que soy guapo, con convicción, me hago guapo” No podría fallar.

No tenemos idea cómo va a terminar esto. Prácticamente todos los analistas cierran filas en decir que este año 2012 será de los que hay poco que celebrar, tanto en la economía americana como la Europea. Ni hablar de España, que transita un ciclo muy feo; y Canarias, que pese a todo lo que llena los espacios de opinión descontentos, cada vez más pensamos que no tiene porqué pasarlas demasiado amargas. Si bien flojea en proyección cuando las vacas gordas pastan felices por las medianías del norte y del sur, cuando vienen las morenas parece anclarse a la roca con sorprendente resistencia. Las cuentas públicas autonómicas no están en tan mala forma como otras, además, se tiene clima y camas de sobra.

Lo que hace falta es prohibir las erupciones. Nada más.