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Sin novedad en el frente > Jorge Bethencourt

En la España del siglo XXI, a los Reyes Magos, caso de existir, se les podrían caer los palos del sombrajo de las coronas. Al ciudadano de color oscuro llamado Baltasar (antes denominado rey negro) le habría detenido una patrulla de la Benemérita en el primer cruce de carreteras para pedirle los papeles de inmigración y seguramente habría terminado en comisaría dando explicaciones de que la mirra, pese a su aspecto, no se esnifa. Y a sus dos compañeros, además de la prueba de alcoholemia -porque ir de madrugada en camello parece un poco raro- no les libraba nadie de una acusación por importación de animales sin licencia y venta ambulante. Nada comparable con el robo con escala que sería aplicable a Papá Noel.

Será por eso o porque soy republicano, que los reyes no me han llegado desde hace años. Ni los de pega, ni los de Oriente. Al contrario que a casi todo este país de demócratas de toda la vida, el discurso de don Juan Carlos, aquella noche del 23 de febrero de 1981, me pareció que arreglaba lo que él y su entorno habían estado alentando irresponsablemente. Lo comido por lo casi servido. La Constitución de 1978, esa carta otorgada que nos regaló la Monarquía, ese cuento chino intervencionista, puzzle de principios socialistas, federalistas, jacobinos, proteccionistas y otras hierbas extrañas, fue la respuesta al pasado pero no es la de nuestro futuro. Aunque el problema tampoco es la letra, seamos sinceros, sino la música. Porque entonces en aquella España emergíamos del adaggio del silencio y el miedo al allegro de la esperanza. Y en esta España de hoy sólo viajamos de la confusión a la irritación y del insulto a la ira. El gobierno de la izquierda que se fue (demolido por la izquierda) subió los impuestos indirectos, que gravan a todos los ciudadanos por igual, sean cuales sean sus ingresos. El gobierno conservador, que acaba de llegar, espantado ante dos puntos más de déficit público para el 2011, sube las rentas del trabajo castigando estéticamente a las rentas más altas aunque termine masacrando a las clases medias. En esta caleidoscópica piel de toro se pueden dar todas las incoherencias ideológicas sin ningún problema. Porque la necedad general está ocupada mascando el hueso de los urdangarines. Los indignados desahogan su rabia con el ocaso de los poderosos y celebran con ferocidad la caída de los acaparadores. Y el país se sigue hundiendo lenta y pacientemente. En el circo no ha cambiado nada. Ni siquiera los payasos.
@JLBethencourt