Viaje alucinado al corazón de la poesía

El poeta participó el jueves en un inefable encuentro con sus lectores en lagunero Café Siete. / DA

SANTIAGO TOSTE | Santa Cruz de Tenerife

La poesía es esquiva. Se la busca con entusiasmo, se la persigue, se la acorrala… y apenas se la llega a rozar un instante con la punta de los dedos. Eso, con mucha suerte; lo habitual es que ni siquiera se llegue a adivinar la sombra de su sombra. Y sin embargo… Y sin embargo en raras ocasiones, en pocos sujetos se hace presente con violencia, como una revelación, como el eco de un grito, como la huella de un puñetazo. La poesía decide apropiarse de esos contados individuos y -para bien, para mal- no los abandona jamás.

El Café Siete de La Laguna organizó la noche del jueves un recital poético con Leopoldo María Panero (Madrid, 1948). Y ya se sabe que un recital poético con Panero nunca será un recital poético. Si alguien entre el numeroso público que se congregó no estaba prevenido de ello, no tardaría en advertirlo al escuchar la gran carcajada con la que el autor de El tarot del inconsciente anónimo, nada más entrar al local, anunció el comienzo de lo que estaba por llegar. Algo que -solo para entendernos- convendremos en llamar recital poético.

“Llevo 20 años pendiente de la pena de muerte, llevo 20 años tragando veneno”, manifestó como presentación una de las voces más singulares de la poesía española de nuestro tiempo antes de comenzar un festín de poesía, de psiquiatría y antipsiquiatría; regado con una pirámide de cocacolaszero y envuelto con el humo que producen -así, a ojo- caja y media de cigarrillos; fumados como si cada uno fuera el último: “Los manicomios son campos de exterminio nazi”, “la psiquiatría es la caza del hombre”, “la esquizofrenia es el sueño diurno”, “en los manicomios está perseguido el sueño”…

A Panero le gustan las citas. Hay una de Antonin Artaud que él suele mencionar mucho: “Me destruyo para saber que soy yo y no todos ellos”, y que quizás explique también la pertenencia a un linaje. Un árbol genealógico de malditismo donde habría parientes como el Conde de Lautréamont, Gérard de Nerval, Baudelaire, Verlaine, Rimbaud, Edgar Allan Poe o Bukowski.

Aunque lo malo del malditismo es que, a fin de cuentas, no deja de ser una etiqueta -estética, pero etiqueta al fin-, una caja donde mostrar cuatro o cinco tópicos bien lustrosos, y alejar de la mirada de espíritus sensibles lo que hay de amargura, de conciencia del fracaso, de incomodidad de vivir: “La vida para el loco es una colonia penitenciaria, como diría Kafka”, como dijo Panero el jueves. “Odio mi identidad de poeta maldito”, añadió el poeta maldito. “También Oscar Wilde, al fin de sus días en París, perdió su identidad. Por eso se hacía llamar Sebastian Melmoth”, argumentó tras una calada y un sorbo de cola.

A estas alturas del recital, la poesía había tomado la sala desde hacía tiempo, y casi lo de menos era escuchar al poeta recitar poemas. Pero lo hizo, y los aplausos se sucedieron: “La vieja a la sombra susurra / no tengo dientes, soy vieja / la vieja en el aire susurra / mi rostro tiene el esplendor de la pesadilla”. O también: “Te mataré mañana cuando la luna salga / y el primer somormujo me diga su palabra / te mataré mañana poco antes del alba / cuando estés en el lecho, perdida entre los sueños”.

Si nos plantean una experiencia así, es descortés pedir papel pautado. De modo que a los fragmentos de poesía se unieron otras cosas. “El único psiquiatra que necesito es un abogado”, “la psiquiatría es la persecución de la extrañeza”, “a Ramón Mercader no le pagaba ni Stalin ni el capital: Ramón Mercader era un fracasado de mierda y por eso se cargó a Trostky”…

Y luego, más versos: “El diamante es una súplica / que tú inyectas en mi carne / el sol asustado huye / cuando eso entra en mi vena”. “Yo soy un hombre muerto al que llaman Pertur / En la cena de los hombres quién sabe si mi nombre/ algo aún será: ceniza en la mesa / o alimento para el vino”.

En la despedida, el poeta pidió de nuevo la palabra, pero olvidó lo que iba a decir. No importa, el trabajo ya estaba hecho.