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William Hastings > Luis Ortega

Las estampas navideñas contenidas en los singulares Libros de Horas del Museo Lázaro constituyen uno de los mejores regalos plásticos que Madrid ofreció en estas fiestas recién acabadas y que han llevado hasta la sede de la fundación en Parque Florido, en el corazón del Barrio de Salamanca a una inusual cantidad de espectadores. Tal y como explicó el comisario de la exposición Juan Antonio Yeves Andrés, se trataba de hacer un merecido homenaje a una de las grandes pasiones del coleccionista y editor, millonario y filántropo que llegó a reunir más de trece mil piezas de arte, una biblioteca especializada de veinte mil ejemplares; y, entre tantas maravillas, una espléndida colección de estos manuscritos, elaborados entre los siglos XIV y XV y de procedencias diversas; en su mayoría flamencos, pero también franceses, italianos y holandeses. Mysterium admirabile, recoge los mejores exponentes de la flamante serie que conserva la institución veintitrés volúmenes, primeras ediciones, páginas sueltas, libradas, tal vez, de la inculta y quisquillosa censura de la Santa Inquisición, que nunca vio, con buenos ojos, estas manuales personales que, con fines pedagógicos y catequéticos, se utilizaban en las solemnidades de la Iglesia Católica y que, por su singularidad, rareza y precio, solo fueron accesibles a los reyes, a los nobles y a los comerciantes adinerados.

Con exquisito orden, la Anunciación, la Visitación, el Nacimiento de Jesús, el Anuncio a los Pastores, la Adoración de los Reyes, la Huída a Egipto, composiciones mínimas de exquisita factura al servicio del comienzo de un credo de igualdad y esperanza que abrió una nueva era en la historia de la humanidad.

La joya suprema de la muestra perteneció al caballero inglés William Hastings (1431-1483) y le acompañó, al parecer, en los días previos a su muerto. Partidario de la Casa de York y el más leal de los colaboradores de Eduardo IV, que le nombró Lord Chamberlain, cargo que mantuvo durante sus veintidos años de reinado. Experto y aguerrido militar y culto e influyente cortesano, reunió curiosas bibliotecas y obras de arte en sus numerosas y extensas propiedades. A la muerte de su amigo y protector, su taimado y chepudo heredero, Ricardo III, lo acusó falsamente de una conjura de estado y -tal como cuenta la historia y uno de los mejores dramas históricos de William Shakespeare – lo ejecutó públicamente, como a todos aquellos que fueron un obstáculo para su llegada a la corona.