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A la contra > Leopoldo Fernández

Vaya por delante todo mi respeto por el derecho a la libertad de expresión, y no sólo porque así lo consagran nuestras leyes sino porque sin él no sería posible el sano ejercicio de contrastar pareceres, ni la libre formación de la opinión pública, ni el recto ejercicio de la profesión periodística. Lo que pasa es que, no pocas veces, cualificados representantes públicos realizan ese sacrosanto derecho desde el sectarismo y la pasión ideológica, es decir, a la contra. Con lo que añaden unas notas de intransigencia incompatibles con la mesura y el rigor imprescindible a la hora de tomar postura ante cualquier acontecimiento relevante. Valga como ejemplo la actitud del diputado de Izquierda Unida Gaspar Llamazares, quien ayer mismo, en sede parlamentaria y en presencia del presidente del Tribunal Supremo, dijo que ni respetaba ni acataba la sentencia que acaba de condenar al juez Garzón. Ya el día antes, el domingo, se sumó a una concentración contra dicha sentencia, desarrollada ante la sede del mentado tribunal. En ella se exhibieron banderas republicanas y eslóganes contrarios a los jueces, a los que se dirigieron epítetos como fascistas, traidores, sinvergüenzas y otros por el estilo, sin que el diputado dijera ni pío. Una actitud tan abyecta como esta parece impropia de un representante popular que ha prometido o jurado la Constitución, que le obliga a respetar y acatar las sentencias de los tribunales, aunque no le gusten. ¿O es que la Justicia sólo es digna y válida cuando coincide con las apreciaciones de cada uno y rechazable en los demás casos? Otro ejemplo infame que confunde la realidad con intereses sectarios se produjo el mismo domingo con la manifestación de cerca de 3.000 personas en el pueblo manchego de Villar de Cañas en contra de la instalación en él del almacén temporal centralizado de residuos nucleares. Si la inmensa mayoría de los habitantes de ese pueblo, con sus autoridades al frente, reclaman con entusiasmo tal almacén, ¿a qué viene esa manifestación foránea, movida por grupos, partidos e intereses que nada tienen que ver con los de la población conquense? ¿No supone acaso una tergiversación intolerable de la realidad social y una coacción hacia los vecinos de dicho pueblo, que, para evitar problemas, decidieron encerrarse en sus casas durante todo el día? ¿Por qué no se convocó la reunión en otro lugar? ¿Qué se quería dar a entender con la presencia allí de diputados nacionales y líderes de movimientos antinucleares? Negarse a todo porque sí; ir por sistema a la contra sin proponer nada a cambio entraña una visión raquítica de la política y una afirmación ridícula del yo opositor de la filosofía clásica.