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Caetano > José Antonio Felipe Martín

Raúl Chavet García logró ayer algo que parecía imposible: ponerse a la altura de Caetano Bueno. Para los más jóvenes que tienen a bien leer estas líneas les diré quién era este señor.

Caetano Bueno, de nombre Abilio, era un colegiado onubense que un buen día vino a arbitrar un Tenerife-Albacete en el Heliodoro. Con 2-1 en el marcador, el boliviano Echeverry se llevó descaradamente un balón con la mano para luego dejarse caer dentro del área, pitando el colegiado penalti ante el asombro de todo el mundo.

Abilio no se había visto en otra. Expulsó a Manolo Hierro, Toño y Torrecilla. Zalazar, por todo el lío que se formó, tardó diez minutos en transformar la pena máxima. Más tarde Dertycia también sería expulsado y el Tenerife se quedó con siete jugadores.

Para que la situación fuera aún más esperpéntica, Caetano Bueno tuvo que abandonar el Estadio protegido por la Policía Nacional, el Tenerife solicitó la presencia de un médico para que le fuera realizado un control de alcoholemia y su asistente, Manuel Ortiz Palomo, abandonó posteriormente el arbitraje diciendo que era “una mierda”, al indicar que le dijo a Caetano que la mano había sido clara.

Ayer, tanto Tenerife como Getafe B pudieron sentirse atracados. Los blanquiazules vieron cómo les era anulado un tanto logrado por mediación de Aridane Santana y los azulones, cuando ya perdían 1-0, también contemplaron que un gol que parecía a todas luces legal no subía al marcador porque a Chavet García no le apetecía.
Por si fuera poco, se inventó un penalti a favor de los locales, supongo que al caer en la cuenta de que los visitantes no habían recibido suficiente castigo con tanta entrada por detrás que no recibió una tarjeta amarilla.

Raúl Chavet García es de esos árbitros que expulsa a tres jugadores y ninguno por una acción violenta. Es decir, es de esos colegiados que prefiere castigar una desconsideración hacia su persona que una patada o una entrada dura a un deportista.

Son admirables los colegiados que desde pequeños se inician en un mundo muy ingrato, lleno de individuos que los menosprecian, los insultan y muchas veces los agreden.

Pero luego debe haber un punto, cuando asciendes de categoría, en el que te puedes convertir en un Caetano o un Chavet y te puedes creer más importante que el propio partido que arbitras. Una pena.