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Carnaval > Leopoldo Fernández

Regocijo bullicioso. Exaltación de los excesos. Territorio de la alegría. Reino del disfraz. Apogeo de la sonrisa. Manifestación de la irreverencia y lo grotesco. Destierro de las penas… El Carnaval puede ser definido de mil y una maneras porque da para mucho la plural transgresión, una de las principales señas de identidad de la fiesta mundana por excelencia, en estos días previos al comienzo de la cuaresma. Aquí, en Tenerife, nos resistimos a aparcar su celebración o dejarla para mejores tiempos. No lo hicimos durante la dictadura, y ésta tampoco pudo impedirlo porque sabía que todo un pueblo estaba dispuesto a la resistencia activa. Por eso aceptó su disfraz como Fiestas de Invierno, perfecta envoltura para transigir ante una costumbre que rompe reglas desde antiguo y que saca a la calle el bullicio y el regocijo de un pueblo deseoso de divertirse. Este año, colmado de penas y desgracias, con una crisis económica que llena las Islas de pobres y parados en cantidades impensables, también arde el Carnaval, y con el espíritu de siempre. Nadie se ha atrevido a suspenderlo o a capitidisminuirlo; si acaso, se ha destinado menos dinero público a los distintos actos. Pero ahí sigue, con todo su empuje vital y su parafernalia festiva y sandunguera. El domingo unos cuantos cientos de trabajadores se manifestaban, unos para reclamar derechos laborales que pueden perder con una reforma laboral presentada como justa y necesaria, y otros en demanda de trabajo, ese deber indispensable para que el hombre social no sea considerado ocioso o pillo, como denunciaba Rousseau. Simultáneamente, indiferentes a cualquier causa, más de cien mil santacruceros se divertían en la plaza de España y aledaños, potenciando ese Carnaval de día que cada año gana en éxito multitudinario. Y lo hacían como si no pasara nada, ajenos a todo lo que no fuera la fiesta. Como si este mundo nuestro, azuzado de injusticias, abusos ye infortunios, viviera un reino de alegría y abundancia, cuando en realidad falta una solidaridad cómplice entre gobernantes y gobernados, entre ricos y pobres, para que nadie sufra ni padezca. Preferimos anteponer placeres y disfrutes a abstinencias y esfuerzos colectivos, quizás porque resulta más cómodo y nos queda más a mano. En momentos en que las adversidades dominan el panorama, nos refugiamos en el fulgor de la diversión y el regocijo del recreo. Será que las aflicciones ajenas no nos van, aunque los malos augurios sigan en auge y las dificultades no se detengan. Está bien claro: aunque sea por unos días, nos reservamos, en una sátira apoteósica, el derecho a reírnos de nosotros mismos. Ese es el panorama. Esa la realidad pura y dura.