IMÁGENES CON HISTORIA >

Cuando vivir en el paraíso gomero era un puro alarde de subsistencia

Los Roques de Hermigua, sobre 1895. / Foto: cedida por la Fundación para la Etnografía y el Desarrollo de la Artesanía de Canarias (FEDAC). Autor: anónimo

AGUSTÍN M. GONZÁLEZ | Santa Cruz de Tenerife

La Gomera tiene fama de ser la más “salvaje” de las ocho Islas Canarias: tatuada con el corazón verde del Garajonay, con sangre de agua de arroyos y ajada por las profundas cicatrices de sus cien barrancos. Su belleza natural desmesurada ha inspirado cantos, versos, sueños y leyendas desde antiguo. Hasta Cristóbal Colón conoció y glosó los aires apacibles de esta Isla abrupta y coqueta dentro de su minúscula redondez.

La escritora cubana Dulce María Loynaz, Premio Cervantes 1992, escribió en su libro Un verano en Tenerife que La Gomera es todo lo contrario a Lanzarote: “Si hay volcanes aparecen amansados desde hace muchos siglos bajo una concha de tupida vegetación. El país es verde y húmedo; el clima, atemperado; corre el agua por los caños y quebradas. Los alisios refrescan sus días y las flores embalsaman sus noches. Sin embargo, con todas esas bonanzas, poca cosa puede sacarse de aquel suelo. Es todo él un zigzagueo de montes y barrancos, de tal suerte que nadie puede irse muy lejos de su casa”.

Casi dos siglos antes, Francisco María de Escobar y Serrano publicó en 1802 las Estadísticas de las Islas Canarias, en las que al referirse a La Gomera escribió que “como es tan quebrado el terreno apenas se cultivan otras tierras que las cercanas al monte, por ser frescas y las de los barrancos que alcanzan riego”.

Precisamente, el agua proveniente de las entrañas del Monte del Cedro hizo de Hermigua un pueblo privilegiado entre los gomeros. Encajado entre los barrancos de El Rejo y La Carbonera, las gentes de este lugar sin igual superaron con ingenio los obstáculos de la naturaleza y alcanzaron cierta prosperidad elaborando, con mucho tesón y trabajo, una intrincada red de bancales agrícolas en laderas casi verticales, de donde durante siglos han sabido extraer lo mejor de una tierra tan fértil como obstinada. Por ello, muchos gomeros prefirieron marchar y buscar horizontes más prósperos en ultramar.

Porque a pesar de la belleza exuberante del redondo paraíso gomero, la vida nunca ha sido fácil en este ínfimo territorio atlántico. Ya lo escribió con maestría uno de los hijos más ilustres de la tierra colombina, el poeta Pedro García Cabrera: “Los montes de mi niñez / se están muriendo de pena / porque los Chorros de Epina / ya no suman sino restan. / Ay como suena de sed / el tambor de La Gomera”.