El engaño > Juan Bosco

Estamos juntos en la huida a ninguna parte, porque no hay parte alguna hacia la que huir. Es tanto el tiempo que hace que estamos jodidos… Y ahora pierde fuerza la carpa de este circo que anuncia el cierre porque se desmorona sin excusa. Por eso corremos, aunque, queramos o no, terminaremos dándonos de bruces contra la realidad. Pero quizás sea ese golpe lo que necesitamos, para que esta temporada de no-ser se disipe; para que este sin valor que se respira en el mundo quede atrás como un mal sueño. Hoy vivimos abrumados por la tecnología y los medios que, al tiempo que facilitan nuestra cotidianidad, nos convierten en prolongaciones de las mil herramientas y falacias que aspiran a sustituir a lo vivo; hemos invertido el ciclo de lo que es sin más atraídos por un embuste cibernético que ha reducido lo humano a un click y a la mismísima vida a un algo virtual carente de todo, pero lleno de otro todo que apesta a mentira. Nuestra forma de mundo es el resultado de la usurpación de la ética por el engaño, el nuevo poder en el que, de un modo u otro, todos participamos. Las leyes de ese engaño nacen, crecen y se multiplican, y van consolidando esta prisión que tiene apariencia de calamidad, de bolsillo roto, de ideología truncada, de gobierno manipulador, de sociedad de silentes matados con narcóticos televisivos, de justicia embustera y veleta que quita y pone héroes y villanos según sople quien tiene el mando. Vivimos, pues, atrapados en la monstruosidad de ese dios-engaño que nos borró el rostro y nos obligó a parecer; ese terrible dios-engaño que hace privado lo que es de todos, que parcela nuestra existencia, que nos hipoteca, nos roba derechos, nos exprime, nos consume por completo porque caímos rendidos a su hipnótico poder, vertido como un encantamiento que ha dado de sí una tragedia tan gigante, que hasta la sonrisa boba de la supuesta abundancia del pasado se nos ha desdibujado hasta dejarnos la cara hecha una mueca. Cumplido el recetario de la felicidad falsa andamos ahora rotos e indignados, y ni así, porque indignados ya estábamos; lo que no hemos sido es dignos. Incapaces de asimilar el calibre de nuestra desvergüenza, buscamos culpables y acusamos a aquellos que hasta hace unos días eran ídolos y fuente de inspiración babosa, porque alguien tiene que cargar con la responsabilidad del desastre. En este punto, lo único que resolverá este drama que suma actos sin solución de continuidad es la conciencia, la de cada uno; entonces no habrá pretextos; entonces podremos mirar de frente y decir no al engaño, que ya está bien, porque permitir el engaño nos ha traído hasta aquí; he ahí la nueva pandemia que se extiende a través de los ojos, creyentes de lo frívolo, de lo superfluo, de lo que carece realmente de valor y que, sin embargo, llena nuestras conversaciones, nuestro ocio, nuestros principios, nuestras instituciones,… todo lo que nos rodea. El tiempo dirá, pero el tiempo que empieza ahora mismo, que ya está bien, insisto. Sólo se trata de decidir entre mirar al horizonte o seguir señalando con el dedo las piedras de la orilla de la playa.

juanbosco.gd@gmail.com