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El país de los codazos > Francisco Pomares

Hay quien se ha sorprendido mucho del divertido espectáculo ofrecido por nuestros próceres locales en la visita del príncipe y doña Letizia a El Hierro, peleándose sin tapujos entre ellos (los próceres, no los príncipes, que iban muy acaramelados, como suelen) por salir en buena compañía en las fotos. Parece que hubo empujones, algún pisotón y mucho sacar pecho los caballeros. No es la primera vez que tal cosa ocurre: recuerdo los mismos codazos y pisotones en la visita principesca para la reinauguración del Teatro Leal de La Laguna, en aquella ocasión acompañado el acontecimiento de un divertido duelo de alta costura (las crónicas aseguran que ganó un traje de forro de colchón con volutas cahemir, estilo remordimiento) entre la alcaldesa y su exjefa de gabinete, a la sazón primera consorte. Y es que la historia se repite.

Para la gente que vive instalada en el muy aburrido mundo de la política local, codearse con (aunque visto lo visto mejor sería decir codearse por…) con los Reyes, ejem, tiene efectos taumatúrgicos: es el milagro de la emulación, del prestigio social vicario y del sentimiento de pertenencia a la casta de los importantes. Todo es puro cuento, pero hay que entenderlos, a estos pobres… Durante la mayor parte de su tiempo, los políticos locales tienen que ocuparse de cosas tan plúmbeas y dormidoras como asistir a un pleno municipal o una comisión parlamentaria, tan poco glamurosas como ponerse un cucurucho blanco en la cabeza y ordeñar una cabra en la feria agrícola de quién sabe dónde, o tan reiterativas como ciscarse en el mismo tipo con el que hasta ayer compartían gobierno y ahora está en el bando de enfrente porque los pactos lo trastocan todo.

Para esta pobre gente tan aburrida, salir en el ¡Hola! dos páginas después que la nueva novia de George Clooney, o tras el reportaje de la casa de montaña de los condes de Bragetagrande, aunque sólo sea salir en una esquinita de una foto, al lado de la principesca pareja, es la confirmación en papel couché de que forman parte de esa élite que de verdad gobierna el mundo y se lo cree. Y además un certificado que los amigos pueden comprar por tres euros en el kiosco.

A los efectos lo de menos es que la Monarquía no gobierne ni el mundo ni los restos, que además ande en horas bajas a cuenta del yerno, que el príncipe sea desde hace años un señor bastante mayor, o que doña Letizia se pase tres pueblos de flaca. Ésta es la realeza que tenemos y a nadie le amarga el bollo.