ME PAGAN POR ESTO >

El señor Charles Dickens > Alfonso González Jerez

El señor Dickens me concedió la entrevista mientras preparaba la fiesta de Navidad. Yo mostré cierta sorpresa. El novelista, con el pelo negro algo alborotado, se me quedó mirando mientras preparaba el ponche con la dosis exacta de licor. Después probó un sorbito y sonrió satisfactoriamente y se empeñó en que tomase un vaso.

-Está muy rico, aunque un poco fuerte para mi gusto. Oiga pero, ¿no estamos en febrero?

-¿Y qué? -contestó Dickens, sirviéndose otro vasito-. Ahora celebro la Navidad cuando me da la gana. Tiene quince minutos, amigo, porque el señor Pickwick, Sam Weller y todos los demás están a punto de llegar… No me discutirá usted que si yo inventé la Navidad, en menos en parte, la celebre cuando me dé la gana, aunque me salga por un ojo de la cara… ¿Ve lo que hay sobre la mesa? Medio buey asado, cuatro patas de cordero, truchas a la parrilla, pastel de cerdo, pudin de fruta, natillas, frutas escarchada, en fin… ¿Un vasito de cerveza?

-Usted siempre miró mucho la pasta…

-Pues sí señor. Imagino que lo sabe, porque ahora lo sabe todo el mundo: durante mi niñez lo pasé mal, muy mal. Estuve a punto de perderme en el arroyo, caballero, y eso no se olvida. No conviene olvidarlo. Yo desde luego no lo hago. Me repugna la gente que pontifica sobre el valor de todo y no conoce el precio de nada…

-¿Y eso no acabó con usted al final? Me refiero a las lecturas públicas… A las giras por Inglaterra y Estados Unidos…

-Es usted un poco impertinente. No lo hacía solo por dinero, aunque me saqué una pasta, eh, una buena pasta. ¿Sabe usted que llegué a reunir a más de 2.000 personas en una sola lectura? Lo hacía sobre todo por estar con mi gente…

-Nunca pensé oír a Dickens hablar como Pepe Benavente…

-¿Benavente? ¿Es italiano? Me encanta Italia, aunque esté llena de curas. Benavente, huum. No, no me suena. No conozco la literatura contemporánea.

-Es curioso. Leyendo lo que han escrito en los últimos meses sobre usted, se suele insistir mucho en la denuncia social que existe en sus novelas y poco en la literatura.

-Yo soy en lo que en mi época, en Inglaterra, se llamaba un radical. Pero temo que se confunden. Un radical no tenía nada que ver con un socialista o, Dios me ampare, un comunista…

-Marx dijo que en sus novelas…

-¿Quién?

-Marx, un pensador y economista que…

-Espere…¿Ese no es el proscrito alemán revolucionario?

-Más o menos…

-Vaya, caballero, creo que me confunde usted con un comunista, nada menos -el rostro cetrino de Dickens pareció enrojecer-. Yo me pronuncié expresamente contra cualquier fantasía revolucionaría que enfrentase a los patrones con los obreros… Eso es un disparate de lo que no puede salir nada bueno, salvo dolor, sangre y destrucción… La solución está en la piedad, en la compasión y en la eliminación de los abusos…

-Sí, conozco su posición política. Usted es un reformista. Pero, si me lo permite, creo que eso es usted cuando se pronuncia políticamente en un artículo, en una conferencia o en una entrevista… A veces, cuando escribe novelas, no se desprende tanta moderación…

-Puede ser -el escritor sonrió con un punto de malicia en el intenso brillo de sus ojos-. Pero en ese momento, cuando me meto en una novela, y yo siempre me meto hasta el fondo, estoy escribiendo una historia. Y si la historia está cargada de horrores y brutalidades, ¿qué debo hacer? ¿Renunciar a la vida? No. Mis lectores no me lo permitirían. Yo trabajo para ellos. No trabajo para los malditos editores, ni para los críticos tarados que me llaman sensiblero, ni para los duques ni los palacios, escribo para ellos, los que se rascan un chelín en el bolsillo para comprar la entrega quincenal, ¿sabe usted?… Los necesito y ellos me necesitan. Nos llevamos muy bien y detesto cualquier interferencia de los que no comprenden nuestra comunión.

-Lo de sensiblero le molesta.

-A mí no. Soy tan sensiblero como cualquiera de mis lectores y viceversa. Dicen, por ejemplo, que he matado a demasiados de mis pequeños héroes. Y no saben de lo que están hablando. ¿Conoce las cifras de mortalidad infantil en el Londres de mi época? Le hablo de mediados del siglo XIX. Los niños caían a miles en los brazos de la enfermedad y de la muerte. Y lo de los personajes imaginarios y estrambóticos…¿Cree usted que en ese Londres no existían tipos como Fagin? Claro que sí. Tipejos que acaudillan bandas de pequeños delincuentes que trabajaban para ellos. Y le recuerdo que, por entonces, la pena por pequeños hurtos era pena de muerte. Entre esos chicos los que no morían de un navajazo, o sepultados en las aguas del Támesis, o carbonizados por dentro por el alcohol, o congelados por el frío, terminaban en la horca. Sensiblero, dicen. Tiene gracia. ¿No quiere más ponche? Yo me voy a servir otro vasito, si no le importa.

-Yo creía que a usted lo que le gustaba era la ginebra…

-Oh, sí. Tres cuartas partes de ginebra, una de agua y una cucharadita de azúcar… Pero este ponche está muy bien…Pruebe, pruebe… ¿No se sabe ninguna canción?

-Me temo que no.

-Qué soso es usted.

-¿Cómo consigue que todo esté tan vivo?

-Oiga, yo no soy un teórico ni un crítico. No tengo la más remota idea. He trabajado duramente bajo una disciplina feroz. No sabe usted lo que es cumplir los plazos de una entrega quincenal. Pero cuando intenté otro sistema fue todavía peor. Creo que lo que debe hacerse, en todo caso, es fijarse bien en la vida. Fijarse bien y escuchar a los hombres y las mujeres, a los niños y hasta a las cosas. Las cosas no son mudas, sabe usted. Algunas incluso hablan demasiado, cuentan demasiado, oprimen demasiado, como ocurre con ciertas calles, ciertos crepúsculos, cierta lluvia cuando cae en el rostro o en el fango de un camino perdido. Olvídese de usted mismo y encontrará en usted la experiencia secreta que es de todos. Y entonces todo cobrará vida y tendrá el sabor de la verdad. Eso es quizás lo que se puede encontrar en mis libros. Pero no pienso mucho en ello: mi trabajo, ya le digo, es escribirlos. Se le hace tarde. ¿No oye como se acerca la diligencia con todos mis chicos? Está a punto de empezar la cena y usted, y créame que lo siento, no puede quedarse.

-¿Ni cinco minutos?

-No. Y menos todavía si no se sabe ni una canción.