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En el fondo > Alfonso González Jerez

Todavía los hay que imaginan futuras manifestaciones multitudinarias, justicieras barricadas en las calles, gritos homologables al no pasarán. Bueno. El que no se consuela es que no quiere. El que no se consuela es que no es de izquierdas. Y sin embargo ahí están, todavía calientes, las encuestas del Centro de Investigaciones Sociológicas.

La amplia ventaja del PP sobre el PSOE en intención de voto se mantiene prácticamente intacta en la actualidad, y las demás opciones de la izquierda parlamentaria española permanecen congeladas. Se nos dice demoscópicamente que la gente entiende los sacrificios. Su propio sacrificio. Se trata de una falsedad, por supuesto.

La gente no entiende absolutamente nada. Lo que padece la gente es un miedo oscuro, atroz, paralizante, que devora cualquier lucidez. A lo que está dispuesta la gente, en las alas de la desesperación, no es a hacer la revolución, sino a cobrar 400 euros mensuales para no caer en el pozo insufrible de la miseria. Por supuesto que las cosas empeorarán en la calle. Aumentará la delincuencia, se convocarán manifestaciones, caerán algunas piedras que serán respondidas prestamente por pelotas de plástico y bombas de humo. Las depauperadas clases medias se asustarán aun más y pedirán -o se resignarán- a la mano dura política y policial.

Pero confundir tweets con sentadas, sentadas con revueltas y revueltas con revolución es una torpeza conceptual donde hozan ilusoriamente los apocalípticos mientras que los integrados vuelven a ponerle suelas a sus viejos zapatos y estiran la nómina hasta la agonía. La deslegitimación del sistema político afecta más a la inverosimilitud de un cambio estructural que a la debilidad de las redes de poder institucional y fáctico, desde los gobiernos a las entidades bancarias.

La evaporación de la política es la muerte de la transformación social pero en absoluto pone en peligro la lógica de la dominación y el obsceno cochambamiento entre los que gobiernan y los que mandan. Deberíamos saber ya que los apocalipsis nunca están a la altura de los profetas.

Ya lo dijo Enzensberger en El hundimiento del Titanic: “Agua salada en una cancha de tenis / puede ser una terrible molestia; / sin embargo, mojarse los pies / no significa que se aproxime el fin del mundo. / Como suicidas en busca de coartada, la gente / está ávida de que llegue el final, / y así pierden el control y los nervios”.

Cuando perdamos el control y los nervios ya estaremos rodeados en el fondo del mar.