divulgación >

Esencia secreta del océano

FÁTIMA HERNÁNDEZ * | Santa Cruz de Tenerife

Dicen que algunos monarcas de la antigüedad gustaban sazonar sus viandas con polvo de esta sustancia, que el olor que exhalaba era tan atractivo y cautivador que algunas reinas, como Isabel I de Inglaterra, perfumaban sus guantes -en actitud casi reverencial- con esencia del extraño material, que se comercializaba como si de una preciada joya se tratase. Hablo del ámbar gris, cuya procedencia se desconocía hasta hace algunos años, pero que desde siempre ha intrigado a reyes, comerciantes, magos, aventureros, bucaneros, traficantes, marinos o pescadores… Haciendo un poco de historia, recordemos que desde antaño era conocido a lo largo de la costa de África (usado en fragancias para harenes del norte del continente); en el Índico; por mares de China donde lo denominaban perfume de saliva de dragón ya que se suponía que estos animales expulsaban dichas salivas al mar mientras dormitaban tranquilos sobre rocas; el antiguo Egipto que lo quemaba como incienso en ceremonias; Oriente Próximo donde lo mostraban secretamente en sus caravansares; la Roma imperial cuyas mujeres patricias lo usaban en perfumes; en estrictas ceremonias vaticanas; hasta Arabia, de donde procede precisamente la palabra y cuyos aguerridos comerciantes lo presentaban como elixir de todas las bondades a lo largo de los caminos, aquellos que se perdían por La Ruta de la Seda. No olvidemos que Marco Polo (siglo XIII) habló de él cuando hacía referencia a su estancia en Madagascar (… es fruto de la ballena, decía).

Y es que, recordemos, se recogía flotando en los océanos, aunque era en las zonas de playas y costas donde aparecían -con mayor frecuencia- unas extrañas masas de color gris y olor almizclado de origen ignoto, siendo algunas piezas de tamaño realmente considerable (por ejemplo la que el 24 de diciembre de 1908 fue encontrada y llevada por balleneros de Larvik -Noruega- para su venta a los interesados, pesaba casi 1000 libras). Su fama creció de tal manera en épocas pasadas, que llegó a ser considerada como la más afamada posesión en la Europa del Renacimiento y la alquimia, la medicina, la joyería o la ciencia le dieron múltiples utilidades. Como dato curioso comentar que en la época de la Peste Negra, que asoló Europa en el siglo XIV, era frecuente llevar colgado al cuello un amuleto fabricado con ámbar gris como protección ante la enfermedad, utilizándose también como ingrediente de numerosas pócimas y ungüentos. Y fue tanto el interés y la notoriedad antaño, que se consideró objeto de atención para el arte y la literatura. Hay un bellísimo cuadro de Giovanni Battista Naldini (pintor italiano del manierismo tardío) que se titula Reunión del ámbar gris, pintado por encargo del Studiolo de Francisco I (1570) sobre esta temática, pudiéndose admirar en la actualidad en el Palazzo Vecchio (Florencia). De igual manera quedó reflejado en algunos aspectos de la literatura, por ejemplo las referencias que hace León el Africano en su Descripción de África (siglo XVI) (novelada en la obra del escritor Amin Maalouf), señalan el precio del ámbar gris por aquel entonces, en el mercado de Fez, en torno a 60 ducados la libra (que comparado con 20 ducados para un esclavo, 40 para un eunuco y 50 para un camello nos da una idea de lo valioso que era). Asimismo, se cita en Las Mil y una Noches; en la obra de H. Melville, Moby Dick, o en El viaje del Beagle, de Charles Darwin, por mencionar sólo algunos.

Lo cierto es que, aturdidos por lo inexplicable de su procedencia, son muy curiosas algunas de las definiciones que algunos científicos y pensadores de otrora dieron al asunto. Les invito a que consulten algunas de ellas, por ejemplo las que aparecen en Pharmacopoeia londinensis, en pleno siglo XVII, en la que se habla de sus múltiples propiedades como remedio de pintorescos males. Con el paso del tiempo (siglo XVIII) se pudo comprobar que dicha sustancia la generaban unos mamíferos marinos -cetáceos odontocetos- en concreto los cachalotes, cuyo nombre científico es Physeter macrocephalus, Leviatanes de los mares, como erróneamente decían algunos, en el interior de su tubo digestivo. Finalmente, se identificó como un protector estomacal, producido por el metabolismo del propio animal (cuya composición es similar a la del colesterol, con un alto porcentaje de ambreína que es alcohol tricíclico triterpénico en un 85%) y que previene daños, bajo la acción de una bacteria llamada Spirillum recti physeteris. Dichos daños los ocasionan los picos de cefalópodos que los cachalotes engullen en grandes cantidades, ya que les resulta un manjar delicioso.

El ámbar envuelve la ingesta e impide que dichos picos irriten los intestinos. De tonalidad blanca y olor nauseabundo, se torna grisáceo y duro por fotodegradación y oxidación, cuando los cetáceos lo vomitan en el curso de sus digestiones y las ondas de las aguas lo llevan plácidamente hasta encallar a las playas. Allí su olor queda transformado en una fragancia almizclada, que los maestros perfumistas han logrado definir de forma delicada y precisa (ambarina, almizclada, caliente, animal, marina, tabaco…). Canarias, por su posición en ruta de estos gigantes oceánicos, ha sido lugar donde encallaban esas masas tan valiosas de ámbar. De hecho uno de los hallazgos (según el investigador Agustín Pallarés Padilla) se sitúa durante el periodo de poderío del que fuera primer conde y marqués de Lanzarote, don Agustín de Herrera y Rojas, época que abarca las últimas décadas del siglo XVI. Por entonces, un vasallo de don Agustín, apellidado Gutiérrez, encontró encallada en la costa una de estas piedras de considerable tamaño. A pesar de que -por entonces- una de las cláusulas del pacto de vasallaje concertado entre los habitantes de Lanzarote y su señor, preceptuaba taxativamente el libre usufructo de las riberas del mar, “para que cualquiera pudiese recoger el ámbar, con calidad de presentársela para que si quisiere le pagase a tanto por onza”, según palabras de Viera y Clavijo, historiador que registra el hecho; el marqués llevado por un exceso de autoridad quiso apropiarse indebidamente del ámbar. Según relata Pallarés Padilla (op. cit.) el tal Gutiérrez, ante abusiva actitud, tomó pasaje a bordo de un barco que se dirigía hacia la Península, presentando ante las autoridades sus justas reclamaciones por el atropello, consiguiendo de este modo una total satisfacción a sus maltratados derechos. El marqués se vio obligado a resarcir a su vasallo, por el ámbar que le había usurpado, con la entrega de “La Vega de Tahíche, parte de la Dehesa de Ye y del cortijo de Iniguadén con otros territorios” (lo cual nos indica el valor del ámbar entonces). Como reminiscencia toponímica de la recogida del ámbar gris en nuestras costas, se conservan aún algunos nombres como Playa Lambra, en La Graciosa, el cual no es otra cosa, según atestigua el capitán inglés Jorge Glas (siglo XVIII), que una simple deformación de Playa del Ámbar, donde se suponía llegaban algunos de estos “vómitos de cetáceos” (Pallarés Padilla, op. cit.).

Básicamente el uso actual del ámbar es la perfumería, ya que actúa como excelente fijador de otras esencias más delicadas y fugaces. Pero se trata de un producto caro, muy caro, por el que se ha llegado a pagar hasta unos mil euros por kilo, lo que unido a que no es frecuente hallarlo sino de forma esporádica y en enclaves costeros anexos a santuarios balleneros, ha llevado a sintetizar productos alternativos, como es el caso del sucedáneo más económico y aconsejable, llamado ambrox. Desgraciadamente el interés que suscitó su posesión, en siglos pasados, supuso un acicate para las cruentas matanzas de cachalotes que tuvieron lugar hasta hace relativamente poco tiempo, aunque muchas veces en el interior de los cetáceos los balleneros no hallaran el tan preciado tesoro (no siempre se genera). Sin embargo, esto influyó positivamente, entre otras cuestiones, para que posteriormente no se permitiera la captura del cetáceo (actualmente en CITES, apéndice I). La caza de cachalotes está -afortunadamente- prohibida y aunque el ámbar puede aparecer -libremente- en playas o en las aguas en raras ocasiones, algunos países como EE.UU.* tienen penalizada su recogida.

*En 1972, el Congreso de EE.UU. aprobó la Ley de Protección de Mamíferos Marinos. The Act makes it illegal for any person residing in the United States to kill, hunt, injure or harass all species of marine mammals, regardless of their population status. La ley establece que es ilegal para cualquier persona que resida en el país matar, cazar, herir o acosar a las especies de mamíferos marinos (…).

*Doctora en Biología Marina