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Imágenes del pasado > Francisco Pomares

La violencia empleada por la policía en Valencia contra estudiantes, cuyas imágenes hemos presenciado estos días con asombro y alarma, nos han dejado a los más viejos con la retina instalada en los tiempos del último franquismo y los primeros años de la Transición, cuando cualquier manifestación crítica con el poder era perseguida y reducida con saña por guardias vestidos de gris y armados de cachiporra. La represión brutal y excesiva de las manifestaciones no autorizadas de estudiantes ha provocado el rechazo general en el país, e incluso una desautorización parcial del propio Ministro del Interior, que ha tenido que reconocer que algunos agentes pudieron haberse excedido en su comportamiento.

Es verdad que las imágenes pueden presentar sólo una cara de la violencia en Valencia, es verdad que no se ha visto el comportamiento de los manifestantes más agresivos con las fuerzas del orden público. Pero de la misma forma que lo normal es tender a apoyar las actuaciones de la autoridad, también corresponde a quienes tienen la responsabilidad de mantener el orden el no excitar los ánimos ni azuzar el conflicto. La impresión de la ciudadanía española es que lo que ha ocurrido en Valencia ha sido justo lo contrario, y esa sensación en mayor aún cuando el mismo jefe de la Policía en la ciudad tilda públicamente a los estudiantes de “enemigos”, como si viviéramos en situación de guerra. Un desliz así le habría costado la dimisión a ese señor tan deslenguado no hace tanto.

Este país esta muy cabreado. Afortunadamente, España no es Grecia. No lo es aún, ni tiene por qué llegar a serlo. La mayoría absoluta del PP permite a los conservadores gobernar con soltura y aplicar sus recetas, a sabiendas de que el rechazo social no sólo se manifiesta en las urnas, también en las calles. La gente esta nerviosa y enfadada, y es normal que muchos ciudadanos no se fíen de quien prometió hacer una cosa al llegar al Gobierno y ahora está haciendo justo la contraria. Asumir una cuota normal de rechazo social es saludable, y responder a ese rechazo y a su manifestación en las calles con prudencia es obligado. Si no rectifica y lo hace así, el Gobierno de Rajoy nos avergonzará ante Europa y el mundo con actitudes autoritarias desproporcionadas e impropias para la situación que hoy vive el país, y que recuerdan un tiempo desgraciado que habíamos olvidado, y que no queremos volver a recordar.