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Lampedusa socialista > Juan Hernández Bravo de Laguna

Una vez que Rodríguez Zapatero reconoció que su impresentable trayectoria gubernamental le había convertido también en impresentable como candidato en las pasadas elecciones generales, se anunció que serían los militantes socialistas los que elegirían a su candidato en unas elecciones primarias, a las que podrían concurrir todos aquellos que consiguieran los avales estatutariamente necesarios. Nada menos que unas elecciones primarias, que tantos confunden con las listas electorales abiertas.

A la vista de lo que había sucedido hacía poco en Madrid con Trinidad Jiménez, y de la lejana, y no menos traumática, experiencia de Josep Borrell en su pugna con Joaquín Almunia, estaba claro que el anuncio de las primarias se podía interpretar como una mera -y burda- maniobra de distracción que escondía una estrategia oculta. A pesar de ello, Carme Chacón, que era la flamante ministra de Defensa, se lo toma en serio, se cree que va a producirse una competencia de verdad en el seno del aparato socialista, y no se le ocurre otra cosa que convocar una rueda de prensa y hacer pública su presentación a las supuestas primarias. Quizás pensó que el ultra-feminismo radical de su jefe jugaría en su favor; quizás interpretó mal alguna señal o algún guiño del entorno presidencial. Lo cierto es que no tardaron en obligarla a rectificar: dos días más tarde, con expresión seria y compungida, y semblante al borde de las lágrimas, informaba de su retirada en otra rueda de prensa, con los absurdos e increíbles argumentos de que su participación en las primarias cuestionaba la autoridad del presidente del Gobierno, dividía al partido y desestabilizaba al propio Ejecutivo.

Los dos primeros argumentos simplemente no son de recibo. Y lo de la desestabilización del Gobierno es un insulto a la inteligencia, a no ser que traduzcamos Gobierno por Alfredo Pérez Rubalcaba, y aceptemos que lo que quería decir la frustrada aspirante a candidata es que su concurrencia electoral desestabilizaba al entonces vicepresidente primero y sus planes de control absoluto del Gobierno que casi presidía y del partido.

En efecto; a través del control de las negociaciones con el terrorismo etarra y su entorno, de su manipulación política de la policía y la Guardia Civil, de la ocupación por sus peones de puestos claves del Estado, y de su influencia -intervención implacable- en jueces y tribunales, en especial en el Tribunal Constitucional, Pérez Rubalcaba consiguió monopolizar el poder en los dos ámbitos, el gubernamental y el partidista, y convertir al anterior presidente del Gobierno en una anécdota amortizable y amortizada a plazo fijo. En el pasado reciente mantuvo una lucha despiadada con su predecesora en la vicepresidencia primera del Gobierno, a la que logró desplazar en la última crisis ministerial socialista enviándola a un cómodo -y muy bien retribuido- retiro en el Consejo de Estado. La gente de María Teresa Fernández de la Vega fue también sistemáticamente eliminada. Y desde entonces, la candidatura socialista en las pasadas elecciones generales estaba más que decidida. Es increíble que una integrante del Gobierno y dirigente destacada del partido no lo supiera y comprometiera su imagen en la patraña de las primarias.

Ahora Pérez Rubalcaba ha conseguido lo que en el Congreso socialista de 2000 intentó sin éxito José Bono -favorito y apoyado por el propio Rubalcaba-, que entró vencedor en el Congreso y salió derrotado (la noche antes de la votación tenía comprometidos los votos que le darían la mayoría). Venció un casi desconocido Rodríguez Zapatero, aupado por un grupo autodenominado Nueva Vía, que finalmente le dio la victoria por unos escasos nueve votos. El triunfo de Rubalcaba sobre Carme Chacón se ha producido por unos no menos escasos 22 votos (487 a 465, con dos votos en blanco y uno nulo). Y estas apretadas victorias consecutivas nos indican que el Partido Socialista sufre una división interna que arrastra desde hace varios años y que no acaba de solventar.

Una fractura que ya no solo afecta a la Federación Socialista Madrileña, tradicionalmente dividida, y que, a pesar de las apariencias y de los esfuerzos por disimularla, pasa factura a la larga. “He hecho una Ejecutiva más integradora que la de Rodríguez Zapatero” ha declarado Rubalcaba a la Cadena SER sobre la nueva dirección socialista, pero eso lo tendrán que ratificar los seguidores de la antigua ministra de Defensa y, en definitiva, los militantes del partido.

En otras palabras, el Congreso que el Partido Socialista acaba de celebrar, y en el que ha elegido un nuevo secretario general y una nueva dirección partidista, se ha cerrado en falso según todos los indicios. El triunfo de Pérez Rubalcaba fue posible gracias a una ofensiva in extremis de Felipe González y Alfonso Guerra, con llamadas telefónicas personales delegado por delegado de Andalucía y Extremadura el viernes y el sábado por la mañana, horas antes de la votación. Al final, el zapaterismo que representaba Carme Chacón no pudo resistir el empuje del felipismo, es decir, del aparato partidista, que consideraba la victoria de Chacón como una amenaza a la existencia misma del partido. Y tras la intervención de Felipe González a favor de Rubalcaba, Rodríguez Zapatero, Marcelino Iglesias, el secretario de Organización saliente, y el presidente andaluz, José Antonio Griñán, se movilizaron para recabar apoyos para Chacón. Pero ya resultó imposible: el felipismo había ganado el partido.
La última frase de Pérez Rubalcaba pidiendo el voto fue una referencia lampedusiana: “Hemos de cambiar el PSOE para que siga siendo el PSOE”. El príncipe de Lampedusa retrató en su novela Il Gattopardo, que Luchino Visconti llevó al cine en 1963, el cinismo con el que las clases dominantes del Antiguo Régimen, representadas por el personaje del príncipe de Salina, se adaptaron al triunfo inevitable de la revolución liberal y la unidad italiana, utilizándolo en su propio beneficio: “Es necesario que todo cambie si queremos que todo siga igual”. El nuevo Lampedusa socialista se propone recuperar el viejo partido, que Felipe González llevó tantas veces a la victoria. Sin embargo, el zapaterismo y, sobre todo, el socialismo catalán, con Carme Chacón al frente, no van a dejarse convertir en un mero paréntesis entre dos felipismos. Entre otras cosas, porque no son nada liberales.