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Líos judiciales > Leopoldo Fernández

Algunas actividades judiciales siguen acaparando titulares y abriendo periódicos y telediarios. Así sucede con la sentencia del Tribunal Supremo que acaba de exculpar al exjuez Garzón del delito de prevaricación en el caso del franquismo; en puridad, lo absuelve por abrir diligencias sobre la desaparición de personas sin tener competencia para ello. Según sus juzgadores, Garzón incurrió en un error al tipificar los hechos denunciados por 22 asociaciones de memoria histórica; hechos que ya estaban prescritos por la Ley de Amnistía del 77 y porque la legislación española impide que se indaguen responsabilidades penales de personas fallecidas. El Supremo advierte un cierto buenismo en Garzón -que quería, según declaró, ayudar a las víctimas del desamparo, además de perseguir crímenes masivos de la dictadura- y, lejos de atribuirle el deseo de preparar una especie de causa general contra el franquismo, ve en su actuación la satisfacción del “derecho a saber” en qué circunstancias fallecieron determinadas personas del bando republicano en la guerra civil. Todo muy guay a la hora de elegir en ese hilo finísimo que separa la intencionalidad prevaricadora de la recta aplicación del Derecho. Una vez apartado de la carrera judicial, se diría que la sentencia que favorece a Garzón no tiene ya valor, salvo para lavar la imagen del país allende nuestras fronteras y salvar la cara al exjuez. Otro asunto judicial relevante ha sido la comparecencia de Iñaki Urdangarín ante el juez Castro, de cuyo juzgado mallorquín salieron filtraciones para dar y tomar, cuando el asunto estaba declarado secreto. Hasta el punto de que, como en el caso del exalcalde Zerolo, ya ha sido condenado por el tribunal de la opinión pública a pena de telediario y accesorias de culpabilidad sobrentendida. Es lo que tiene la Justicia convertida frívolamente en circo romano o cuando las pesquisas judiciales se transforman en juicios paralelos. Reproches éticos y estéticos aparte, Urdangarín tiene todo el derecho del mundo a defenderse. Y a mentir. Y a cargar todas las culpas sobre su socio. En este momento procesal, las cosas son así de simples… y de legales. Ya se aclarará todo -ojalá, porque a lo mejor resulta difícil probar algunas cosas- en el momento oportuno. Mientras tanto, deberían quedar al margen la Corona y la Jefatura del Estado. Y deberían acabar esos montajes escandalosos con balcones de alquiler, huevos comprados para arrojar sobre el yerno del Rey y banderas republicanas ad hoc. Aunque parezca lo contrario, Urdangarín es inocente hasta que se demuestre lo contrario, como lo era Garzón hasta que se dictó sentencia en el caso Gürtel.