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Lisa Gherardini > Luis Ortega

Después de medio milenio, la leyenda de la Gioconda no deja de crecer. Ahora, con la liturgia que el director Miguel Zugaza impuso en el Prado -y que tanto sirve para descatalogar un supuesto Goya como para vestir de largo una compra o restauración- se representó (esto es: se volvió a presentar) una obra incluida en su primer inventario. A los once años, en el encuentro con las maravillas madrileñas, contemplé la imagen (copia o réplica) de la Mona Lisa que, en la Florencia del Cinquecento, jamás soñó con la inmortalidad regalada por su excéntrico vecino. En la pinacoteca siempre constó como coetánea del original que Leonardo da Vinci (1452-1519) vendió a Francisco I de Francia, después de llevarla consigo los últimos trece años de su vida. Esta pintura – con leves diferencias en las medidas, 77 x 53 centímetros frente a los 76 x 57 de la joya del Louvre – es una pieza curiosa que, como el Guadiana, aparece y desaparece según el director de turno. La última ausencia fue para un estudio y limpieza, realizada por Almudena Sánchez que confirmó datos conocidos y arrojó sustanciosas novedades. Así, bajo el fondo oscuro -y las capas de aceite y polvo acumulados- que enmarcaron la figura al estilo dieciochesco, apareció un paisaje inspirado, que no reproducido, en la primigenia. Otra diferencia notable, destacada por técnicos y titulares de prensa, es que, frente a la parisina, la madonna española tiene cejas; y, también, una composición más firme, una posición más rotunda, un colorido, acentuado por la restauración, más rico e intenso y un aura juvenil que no se aprecia en la parisina. Insisten los eruditos en que el trabajo -atribuido a Francesco Melzi o Andrea Salai, ambos alumnos y el segundo, además y según sus biógrafos más fiables, amante y heredero- se efectuó en paralelo con el original, como un ejercicio de aprendizaje práctico, detrás del caballete del maestro. Este es un episodio más del cuadro y del creador más famosos de la historia, porque la enigmática Lisa Gherardini (1479-1542) guarda todavía secretos y sorpresas, desde su propia identidad, cuestionada por algún autor, hasta el recorrido del encargo que nunca se entregó; porque su carácter de icono extraña en una personalidad burguesa y una biografía sin brillo (mujer de comerciante y madre de cinco hijos) que, desde un mágico retrato, entró en el territorio del misterio. Por lo pronto, entre el azar, la ciencia y el marketing agrega un incentivo más al emblemático museo.