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Mario Ottavini > Luis Ortega

Ayer traté de un relato de amor y muerte que apenó a los italianos y que quizá ya esté olvidado por el peso de las nuevas tragedias. Hoy recuerdo, con las campañas de publicidad ajenas a la crisis, a los tres santos de nombre Valentín y el disputado patronazgo sobre los enamorados. En Termi, la mayor ciudad de Umbria, en un llano entre los ríos Nera y Serra, habitada desde la Edad de Bronce y devastada en la II Guerra Mundial, está el más famoso. Con más de cien mil habitantes dedicados a la industria -la factoría de acero de la Thyssen-Krupp es su mayor fuente de empleo- tiene necrópolis umbras, usadas hasta la conquista romana en el siglo III antes de Cristo; urbe notable con foro, templos, mercado, teatro y anfiteatro, guarda las ruinas del esplendor imperial, cuando por posición se convirtió en un enclave estratégico de la península. Desde la era cristiana contó con una comunidad que, a fines de la tercera centuria, fue masacrada; el líder del grupo, Valentín, fue enterrado en un lugar destacado y su fiesta fijada por el papa Gelasio, que gobernó la iglesia entre los años 492 y 496 y pasó a la historia por incluir el Kyrie eleison en la misa. El padre Mario Ottavini nos narró los varios intentos de construir un templo digno para los restos del obispo y mártir, que no cuajaron hasta 1630, cuando se concluyó la actual iglesia. En una envoltura barroca de bronce y en una urna acristalada bajo el altar mayor se venera al valeroso personaje de “cuya autenticidad no hay duda alguna”, según el párroco, fraile capuchino dicharachero y culto que, enseguida, te informa de la ejemplar existencia del más famoso de los vecinos de la capital y de las destrucciones y reconstrucciones de la misma. Con seriedad refuta las interesadas atribuciones de otros lugares y, curiosamente, no hace causa de honor de su protección de los amantes. “Esa es una tradición reciente, que no tiene mucho más de medio siglo, una fiesta simpática que cada 14 de febrero reúne a visitantes de toda la región; traen flores, le rezan al santo, comen en los restaurantes, compran recuerdos en los bazares, pasean por los alrededores que, como usted habrá visto, son muy hermosos. En fin, alegran Terni y eso está muy bien”. Le señalo una vidriera, donde el mitrado bendice a una pareja y sonríe en la respuesta: “También dejan limosnas, que sirven para la atención y las mejoras del templo, y eso es bueno, naturalmente”. En una guía, plagada de fotografías sobre su intensa historia y lugares de obligada visita aparece, naturalmente en primer lugar, “la pía basílica de San Valentino, il protettore degli innamirati”.