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Naufragar en una bañera > Carmelo J. Pérez Hernández

A Whitney Houston se le ha ahogado la vida en “un naufragio de bañera”, como bellamente ha escrito el arzobispo de Oviedo, Jesús Sanz (interesantísimo sacerdote, por cierto).

Situaciones parecidas nos habían conmovido ya antes. De silenciar definitivamente a Michael Jackson se encargó un rebuscado sueño de sábanas negras mezcladas con propofol, la sustancia con la que se fabrican las pesadillas de quienes prefieren dormir a vivir, no sentir con tal de no experimentar un minuto más el vacío que les acosa y les desvela.

Y en un bote de pastillas envasó al vacío para siempre sus penas de amor Heath Ledger, aquel tímido vaquero de Brokeback Mountain.

También tengo grabado el rostro de otros, de algunos no sé ni sus nombres, a quienes atendí como sacerdote cuando ya no había marcha atrás para ellos… Autolisis era el eufemismo con el que se resumía el aparente fracaso de quien renuncia al resto de sus amaneceres y se entrega ¿voluntariamente? a una noche eterna. Terrible ha de ser lo que experimenta quien prefiere el frío abrazo de una caja al consuelo de sus hermanos.

Siempre que alguien rico y famoso se quita la vida, voluntaria o occidentalmente, surgen los comentarios sobre la vaciedad y los vicios que acompañan a la abundancia de dinero. Pocas reflexiones se atreven a ir más allá. Si lo hicieran, concluirían que no fue el dinero, su exceso o su falta, lo que les restó felicidad y ganas de luchar a quienes fueron víctimas de sí mismos.

Lo que sucede, creo yo, es que si echamos la culpa a las riquezas, nos protegemos: ya tenemos un culpable, alguien que no se defenderá ni discrepará, porque los euros no hablan. Sin embargo, el verdadero asesino de tantos hermanos nuestros, a mi juicio, es la falta de esperanza.

Sí. Así lo pienso. Quien nada espera, pobre o mendigo, saciado o deseoso, no tiene razones para vivir, se seca por dentro. Quien no sabe de quién esperar una palabra definitiva, a quién recurrir para llenar de sentido la vida, la mayoría de veces prefiere dimitir de la vida misma.

No me cuenten cuentos de ricos y pobres, ignorantes y sabios, sencillos o cultivados… No hay distingos. Ni unos ni otros, nadie, ninguno de nosotros puede ensanchar sus pulmones sin la certeza de que esta vida es más que una triste y breve aventura físico-química sin sentido.

“Contigo hablo. Levántate, coge tu camilla y vete a tu casa”, le dice hoy Jesús en el evangelio a un paralítico. Y paralíticos somos todos: necesitados de saber que Dios nos habla, nos tiene en cuenta, se dirige a cada uno. “Contigo hablo”.

Y paralíticos somos todos, necesitados de que nos den razones para levantarnos de nuestra intolerable desidia. Y de que nos ayuden a cargar con nuestra camilla, que es la mochila donde cada uno guarda sus propias frustraciones. “Vuelve a casa”, necesitamos oír: sin miedo, vuelve a casa, al día a día, que está preñado de Dios, que se deja encontrar y enseña a sonreír de una manera ya definitiva.

Pobres o ricos, no hemos nacido para naufragar en una bañera, sino para volver a casa, donde Dios espera.

@karmelojph