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Oro español > Randolph Revoredo

El collar del sacerdote pagano no se inmutó al caer su portador ante el acero de Toledo. Tampoco lo hizo después de tornarse líquido en tierras del Nuevo Mundo donde yacía desde la separación de los continentes. Una vez reencarnado lingote lo volvieron a reconvertir, esta vez en doblón. Un siglo en el fondo marino puede ser, a nuestros ojos, una pausa ante los imparables trasiegos de manos y negocios de ida y vuelta, pero en realidad solo un instante, un pestañeo astronómico, causado por el átomo de ruido que somos la materia orgánica viva, raros, insignificantes e incomparable al apasionado e irregular latir del hierro fundido del planeta madre.

Pedro Afán de Ribera sobrevivió al hundimiento de su fragata La Mercedes agarrado al trozo de proa que quedaba a flote, el plomo candente pudo más con el resto.

Doscientos años retumba la historia del ladrón que roba al ladrón. El caza-tesoros encuentra el reposo del amarillo metal y lo reclama para sí (no sin ardua labor) en la misma forma en que Hernán Cortés reclamó el continente y todas sus riquezas para la Corona española (y para sí). ¿De quién es ese oro?

En un mundo donde la persona que lo extrajo convivía con otra que ofrenda corazones humanos todavía latiendo y mostrándolos al cielo, y que no mucho después es evangelizado con la sífilis, la gripe y baratijas, no sorprende una disputa sobre quién expolió primero. Trabajo y experticia tienen un precio aun si se trata de expoliar, sino que se lo digan al Museo Británico o a los constructores de la Basílica de San Pedro.

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