Por peteneras > Rafael Alonso Solís

Recuerdo del apocalipsis > Rafael Alonso Solís

Como si los profetas del apocalipsis en la otra esquina tuvieran razón, los signos que se manifestaban a nuestro alrededor comenzaron a tener la verosimilitud de lo inmediato. No de lo que se venía, sino de lo que ya estaba aquí. No de las amenazas, sino de la cruda realidad pegada a nuestros talones, echándonos el fétido aliento sobre el cuello, mientras sentíamos el rugido de la jauría casi encima, o escuchábamos el crujir de las mandíbulas al devorar a los que corrían a nuestro lado, cazados antes porque resbalaron o porque les falló la pierna chunga. Las invasiones de los zombies o de las hordas de vampiros que al principio poblaban las pantallas no habían sido otra cosa que una precuela de los nuevos tiempos. El mundo se preparaba para ser un desierto en el que unos pocos sobrevivirían encerrados en habitáculos a prueba de asaltantes, con luces de neón alimentadas por la combustión de los cadáveres y provisiones acumuladas en el sótano. Fuera, el resto de los humanos nos peleábamos por las migajas y aprendíamos a curarnos las heridas con remedios milenarios -no había medicinas, no había médicos, y las listas de espera eran solo un recuerdo de una época de la que hablaban los pocos ancianos que habían sobrevivido a la hambruna-. En algunas zonas del planeta, ciertos gobernantes con visión de futuro decidieron a tiempo aprovechar los signos crepusculares para aumentar la inversión en sabiduría. En la mayoría, sin embargo, se cerraron hasta las escuelas de calor porque resultaban muy caras, y a los escasos maestros que quedaron tras la última oleada de frío se les fue olvidando la forma de controlar el fuego. Casi nadie se acordaba ya de cuándo se eligieron a los jefes por última vez, cuando aún quedaban urnas. Hacía mucho que la unanimidad había sustituido al debate y al diálogo, y ni siquiera se publicaban las nuevas órdenes; simplemente se daban y se aplicaban con la economía de los tiempos de guerra y la eficaz natural de la milicia. La naturaleza se había convertido en la más ingeniosa inventora de prodigios, a caballo entre la magia y la tecnología de vanguardia, como el de la invisibilidad o la levitación. Tal como había adelantado un célebre dibujante, reconvertido en profeta por falta de trabajo, los seres vivos iniciaron proceso de disolución acelerada y fueron pasando de volúmenes a trazos finísimos, luego a líneas de puntos y, finalmente, a sombras chinescas. Al cabo, solo quedaron algunos rumores de vida, restos líricos flotando en el ambiente, sospechas apócrifas de alguna existencia anterior, sueños de trovadores y poetas. Casi nadie se atrevía ya a protestar. Total, para qué.