cuadernos de áfrica >

Suez > Rafael Muñoz Abad

Aunque a veces ambas concepciones se fundan en una sola acción, la inteligencia no debe confundirse con la astucia. Con el objeto de controlar el tráfico marítimo hacia el lejano imperio colonial británico de oriente, la inteligente maniobra que en 1875 permitió que el astuto Benjamin Disraelí persuadiese a la reina Victoria de la importancia de adquirir casi el cincuenta por ciento de las acciones del Canal de Suez puso por primera vez en relieve la futura importancia de la vía marítima para la economía mundial. Sin duda, una adelantada e inteligente visión vertebrada en la astucia del momento señor Disraelí. Después llegaría Nasser y la nacionalización de canal; cambiarían muchas cosas, pero el incalculable valor estratégico del corredor no haría más que aumentar en valor a la par que el tráfico marítimo ha ido creciendo. Suez es uno de los cuellos de botella que regulan la economía global. Los buques tanque y portacontenedores que engrasan las haciendas del primer mundo tienen en el angosto egipcio un vital nexo espacio tiempo, sin el cual los costes del crudo y por consiguiente de cualquier otra cosa sufrirían drásticas variaciones alcistas. El reciente paso de dos barcos de la armada iraní por el estrecho tiene muchas lecturas; siendo la más clara, que el gobierno persa no se habría atrevido a tan folclórica excursión marítima en los “ordenadamente” occidentales días del régimen Mubarak. Esto, más allá de que la proyección del poder naval iraní es muy reducida y por lo tanto no es considerada por los analistas como una amenaza local, es una bravuconada para provocar a Israel. Tal episodio parece obedecer más al oportunismo del momento, ante el vacío de poder que vive Egipto, que a una redistribución de fuerzas que no lo son tales. Los redactores de la prestigiosa publicación Time dedican muchas columnas a la transición política egipcia y cómo ésta podría afectar a los intereses norteamericanos en la zona; a sabiendas de que lo que mejor le viste a Washington es que la junta militar mute hacia un nuevo Hosni que les dure otros treinta años de estabilidad en el Sinaí. Y tal vez ya lo han logrado. En otras palabras, esa cursilez llamada primavera árabe que a mis ojos tuvo mucho de un astuto plan renove para recolocar nuevos títeres en algunas sucursales de occidente en países clave, apenas parece preocupar en estados poco relevantes como Túnez. En Egipto es conveniente, o mejor dicho interesa, que la primavera que resfrió al faraón Mubarak pase rápido y llegue un duradero invierno político que no convulse Suez. El temor a otro cierre del canal es una pesadilla que revive en muchas bolsas y mercados. Los bloqueos entre 1967 y 1975 alargaron y derivaron las rutas marítimas hacia Europa doblando el Cabo de Buena Esperanza. Una economía de tubos comunicantes que asfixiaba puertos al igual que permitía el florecimiento de otros, caso del de La Luz y Las Palmas como escala obligada en el largo transito desde Oriente Medio hasta Europa bordeando media África.

*Centro de Estudios Africanos de la ULL | cuadernosdeafrica@gmail.com