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Todo cambiará > Alfonso González Jerez

El impulso regimental del nuevo Gobierno del PP -y del inmenso poder acumulado en comunidades autonómicas y ayuntamientos- lo expresó hace un par de días el ministro José Manuel Soria en una comisión mixta Congreso-Senado. Después de que socialistas y coalicioneros expusieran posiciones y críticas, Soria tomó la palabra para fulminarlos, y les vino a decir que ellos, socialistas y/o coalicioneros, no podían hablar, como lo estaban haciendo, en nombre de los españoles o los canarios sino, en todo caso, en nombre de sus partidos políticos, ya que los ciudadanos habían votado mayoritariamente al PP. Esta gigantesca y deleznable guanajada no ilustra únicamente una manera de henchir la chaqueta, sino toda una sensibilidad ideológica.

Soria se comporta así, en sede parlamentaria, como un beduino que ignora cualquier cosa: desde el principio de separación de poderes hasta el concepto de representatividad parlamentaria. Pues Soria no comparecía en esa comisión como diputado del PP, sino como ministro de Industria, Turismo y Energía; Soria no representaba ahí a sus electores, sino que se responsabilizaba de una gestión gubernamental sometida a la fiscalización y escrutinio de las Cortes; Soria ni siquiera parecía haberse leído la Constitución, que establece claramente que los diputados representan a su cuerpo electoral, y no únicamente a quienes les han votado, y mucho menos, a los partidos políticos en cuyas listas electorales se presentaron. Sinceramente no creo que sea una vulgar parida henchida de la lustrosa soberbia del vencedor; se trata de un convencimiento político y personal. El convencimiento de que ha llegado la hora, de que se van a enterar, de que todo va a cambiar para siempre, y lo primero de todo, esa grotesca pretensión de tener razón, de ejercitar la crítica, de oponerse al orden natural de las cosas que representa el triunfo electoral del PP por tierra, mar y aire. Nada extraño está ocurriendo. En materia sanitaria y asistencial, jurídica o educativa, el PP está cumpliendo su programa contrarreformista o, en virtud de su impresionante acúmulo de poder institucional, avanzando aun más hacia un modelo conservador, falsamente liberal, socialmente darwiniano, culturalmente catolicorro y antilaicista. Mucha gente los votó o dejó de votar al PSOE porque estaban dispuestos a pagar este precio por una supuesta salida airosa de la crisis económica, pero es que la combinación entre una gestión de la crisis que desarbolará el Estado de Bienestar y el programa ultraconservador del PP llevará a una mutación política que hará muy difícil distinguir los contornos de una democracia parlamentaria en un par de legislaturas mientras el PSOE se suicida y las izquierdas mugen encantadas entre huertos ecológicos, banderas republicanas y ataques de garzonofilia.