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Un modelo de modelo > Guillermo García-Machiñena

En breve se cumplirán dos años de lo que se conoció como apagón analógico, un cambio tecnológico que significaba el cambio definitivo hacía la televisión digital terrestre, una nueva televisión a la que nos hemos acostumbrado rápidamente.
La TDT nos ha traído, desde el primer minuto, una amplia oferta y una notable mejoría en la calidad de la señal, aunque todavía estén por venir la interactividad y los servicios múltiples que en su día nos prometieron los diferentes operadores. Los cambios políticos en el Estado español y en varias comunidades autónomas nos han llevado a un nuevo capítulo en el escenario televisivo, basado en la concentración de varios operadores. La consecuencia: cada día son menos y más poderosos.
A esa concentración, casualmente, le ha acompañado la supresión de la publicidad en la televisión pública estatal y el debate interesado sobre la existencia de las televisiones autonómicas, y ahora nace otro debate, el de su privatización.
No es mi tarea la de definir cuál es el mejor modelo de gestión para estos medios de comunicación públicos, aunque es evidente que defiendo el actual modelo de la Televisión Pública Canaria, que es además el más barato, el más dinámico, el más moderno y que garantiza la prestación de un servicio público con rigor, pluralidad y profesionalidad. Estoy convencido de que el canario es un modelo de modelo.
Ahora bien, es innegable que existen otras vías que nos permitirían garantizar la existencia y el futuro de estos medios de comunicación basadas en un esquema mucho más económico para los ciudadanos y con mayores beneficios para la economía local y sobre todo para la industria audiovisual.
La TDT nos ha llevado a una lucha encarnizada por el beneficio económico, una guerra donde todo vale con tal de eliminar la competencia. Las televisiones comerciales han emprendido una batalla para cuestionar la existencia de las televisiones autonómicas por su presupuesto y así quedarse con sus ingresos. No es un tablero de intereses políticos sino de intereses económicos.
Decir que la TelevisiónCanaria es cara es una afirmación gratuita y demagógica que imposibilita un debate serio si antes no se responde a dos preguntas. La primera: ¿comparada con qué?, la segunda ¿porqué?
Es cara o barata según cómo la comparemos y llama poderosamente la atención, por ejemplo, que nadie se plantee si vale la pena pagar una televisión española y todos sus canales temáticos e internacionales con el presupuesto y la deuda prehistórica que arrastra. Es un tema de identidad. Hay quien se siente más canario que español y hay quien se considera más español que canario. Es un tema emocional y no porque nos sintamos diferentes es que somos diferentes. Ese hecho diferencial es el que hace necesaria la existencia de una televisión canaria, cercana y comprometida.
Hablar de cara, y echar en cara su presupuesto como arma arrojadiza para el debate político se convierte en fuegos de artificio si no se ponen datos sobre la mesa. Me bastará con repetir una y mil veces que la televisión pública canaria cuesta hoy la mitad de lo que costaba hace cuatro años y que tiene el presupuesto más bajo de todas las autonómicas.
Decía Antonio Machado que todo necio confunde valor y precio. La Televisión Pública Canaria tiene un coste para las arcas públicas porque los distintos gobiernos de Canarias han considerado necesaria la existencia de un servicio público de información de proximidad gracias al cual podemos saber lo que sucede a nuestro alrededor. Además, revierte sobre nuestra economía puesto que sirve para crear un gran tejido empresarial y profesional.
No podemos reducir mucho más los costes de una televisión como la canaria con su situación y características geográficas tan específicas sin poner en peligro la calidad de sus contenidos.
Si queremos unos medios públicos adaptados al nuevo escenario económico con recortes, ajustes y sacrificios sin renunciar a la calidad de un servicio público debemos acudir obligatoriamente a la vía de los ingresos. Esa es la clave. Garantizar, mejorar y aumentar nuestros ingresos publicitarios es la obligación que como gestores de lo público tenemos.
La receta no es nada fácil y requiere de múltiples matices. El más notable es, sin duda, el de convertirnos en útiles para empresas y anunciantes que necesitan ese espacio para hacer llegar sus servicios y productos a los usuarios, sin perder así la esencia de servicio público a los ciudadanos. Ese es nuestro principal cometido.
La nuestra es la única comunidad donde las televisiones privadas estatales emiten por TDT publicidad en desconexión. Esto es posible gracias a un acuerdo al que llegaron los principales partidos políticos. Eso significa que a la Televisión Pública Canaria le son privados unos ingresos que sí tienen las otras televisiones autonómicas, hecho especialmente doloroso en un escenario de crisis económica y que de otra manera permitiría reducir notablemente su coste. Se trata de un acuerdo in extremis para autorizar un negocio publicitario que mueve cada año decenas de millones de euros y del que se benefician las grandes y poderosas empresas televisivas de España. Dinero de las empresas de nuestras Islas, que no se queda aquí, y que llenan las arcas de las grandes cadenas españolas en perjuicio de los medios de comunicación del país canario. Hablo alto y claro del gravísimo daño, que, por esta circunstancia, se está causando a la economía de nuestros periódicos, de nuestras radios y, principalmente, de las televisiones locales, la gran escuela de muchos de nuestros mejores profesionales.
Este es el complicado escenario en el que tenemos que lidiar los medios de comunicación canarios y donde no solo está en juego el poder mediático y el de las audiencias, sino algo mucho más importante, nuestro futuro inmediato, un futuro que pasa por la no dependencia.

Guillermo García-Machiñena es Director general del ente público RTVC