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Vicente González > Luis Ortega

Volvemos a San Valentín y a las disputas por la posesión y culto de las reliquias que son tan antiguas como ellas mismas. En una ocasión, me habló con apabullante sinceridad un príncipe de la Iglesia, tan atípico que, frente a las manifestaciones colectivas, defendía la fe como un compromiso personal. “Lo importante es que alguien crea que estos restos merecen veneración, en cuanto fueron, por naturaleza o contacto, de servidores de Dios, tengan o no la necesaria auténtica vaticana”. Recordé la reflexión en una visita a Almería, la cenicienta andaluza, y en el recorrido por la catedral-fortaleza de La Encarnación, tan severa como singular. Construida por mandato del obispo Fernández de Villarán, para sustituir a la primitiva destruida por el terremoto de 1522, fue proyectada por Diego de Siloé en la pauta del gótico tardío y su erección duró tres siglos, con elementos renacentistas y barrocos que reforzaron sus valores estéticos y defensivos. En el claustro neoclásico, una guía explicaba a un grupo de visitantes que allí estaba el esqueleto, entero y verdadero, de San Valentín, y abonaba la afirmación señalando unos ajados ramos de novia depositados sobre el pavimento ante el renovado interés de los visitantes. En los ratos libres de un rodaje sobre los isleños en El Ejido, seguí el rastro de esta tradición que, según Milagros Soler, arranca en 1781, cuando el arcipreste Vicente González logró la autorización para construir un oratorio en su domicilio, donde emplazó unos restos exhumados de una catacumba romana; al año siguiente, y en una urna de bronce, se ubicó bajo el altar del patrón San Indalecio y, hasta 1936, tuvo exposición pública cada 14 de febrero. Posteriormente y persuadido el clero de que la escueta leyenda valentinus (valiente) era el apelativo común de los mártires anónimos, el cuerpo recubierto de cera, se enterró en un sitio indeterminado de la galería. Con todos esos antecedentes, muchos almerienses le rezan y formulan peticiones en dicho lugar; algunos recién casados acuden con la ofrenda floral y los turistas disfrutan con la posibilidad de la cercanía del santo que procura y mantiene el amor. Esta leyenda y su condición de fuerte marítimo (con armamento de cañones, culebrinas y arcabuces para los infantes y guarnición propia durante el siglo XVII) que repelió con probada eficacia los ataques de los piratas argelinos en el pasado son los principales atractivos de un templo singular de una capital alongada hacia la vecina África.