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Abrirse el pecho > Carmelo J. Pérez Hernández

El tiempo en que ahora vivimos consiste en esto: en abrirnos el pecho de par en par para encontrarnos con Dios. Ésta es la nueva alianza, Dios mismo lo ha querido así, proclamamos hoy en todos nuestros templos: “Meteré mi ley en su pecho, la escribiré en sus corazones”, dice el Señor. Significa esto que atrás quedaron ya aquellos momentos en que no había otra forma de acceder a Dios que saliendo de uno mismo, perdiéndose en un mar de relatos, tradiciones, escrituras y Escrituras sin fin, experiencias vividas por otros… Ahora no. Ahora Dios ha salido a nuestro encuentro para darle sentido a la Historia y explicárnosla según él la ha diseñado. Así, nos ha dicho que el paso del tiempo no es más que una excusa para encontrarse con nosotros y para que nosotros le encontremos buceando en nuestro interior, el lugar donde ha decidido poner su tienda.

Cada una de nuestras alegrías, de nuestros sueños, de nuestras necesidades, el amor que deseamos experimentar sobre todas las cosas, la tranquilidad sin fin que anhelamos, la fraternidad que añora nuestro corazón, el deseo de fundirnos y confundirnos con quien sea capaz de pronunciar una palabra mayor que la nuestra, una palabra definitiva… todo eso y mucho más no son otra cosa que suspiros de Dios mismo que vive en nuestro pecho y que, como el volcán recién amanecido en El Hierro, lucha por salir al exterior para que le reconozcamos y le pongamos nombre.

No hay ya que buscarlo lejos, porque vive en nuestro pecho, nos ha dicho. En el nuestro y en el de todos los hermanos y hermanas que con nosotros comparten la vida. Ésa es la razón de la fraternidad universal que estamos llamados a experimentar ya ahora. Porque miles de millones de pechos respiran con la misma sintonía que el mío, es por eso que los siento cercano aunque a la mayoría no los veré nunca sobre esta tierra. Y aún hay más: los cristianos estamos llamados a reconocer la respiración de Dios en la vida de todos, también en la de quienes no aparentan ser del grupo de los buenos. Millones de hombres que tienen hambre y sed de la justicia nos interrogan desde sus opciones más verdaderas en favor de los olvidados de este mundo. No tendría sentido pensarnos lejos de sus luchas porque vistan, o vivan, o piensen, o crean, o huelan distinto a nosotros. En su pecho también vive Dios. Sus empeños nacen de esa misma fuente de calor, aunque no frecuenten el templo. Desde el respeto tendremos que ayudarles a ponerle nombre a quien anima sus luchas. Y al revés. Habrá que estar atentos para que quienes con mayor intensidad buscan el rostro de Dios sean los primeros en nuestra comunidad. Quienes con mayor sinceridad viven su presencia, anhelan su verdad, son los profetas de nuestro tiempo, un tiempo extraño, de transición, en el que aún pesan demasiado la costumbre y la inercia. También en la Iglesia. La Semana Grande está a la puerta. Una semana para abrirse el pecho de par en par a sabiendas de que allí vive nuestro Dios que, una vez más, toca a nuestra puerta. A las claras: de nada servirá este tiempo santo si en lugar de ello lo único que abrimos son los armarios donde guardamos los disfraces de dentro y de fuera, esos que nos hacen sentir oficialmente buenos. Tengo entendido que el olor a naftalina no está entre los preferidos de Dios.

@karmelojph