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Alternativas > Alfonso González Jerez

Desde hace dos años se desarrolla en el sur de Fuerteventura un proyecto relativamente poco conocido: la obtención de biodiésel a partir del aceite extraído de un humilde arbusto: la ‘jatropha curcas’. Se trata de una euphorbiacea cuyas virtudes medicinales son mencionadas desde hace siglos, pero cuyo principal interés, actualmente, radica en el aceite de su fruto, no comestible, que se ha utilizado a menudo en otros países y continentes como combustible, y que gracias a un proceso industrial conocido como transesterificación puede transformarse en biodiésel. El proyecto está impulsado por la empresa DISA y en él participan la Fundación Empresa de la Universidad de La Laguna, un equipo multidisciplinar de ambas universidades canarias, el Cabildo de Fuerteventura y el Gobierno autonómico y, aunque se encuentra todavía en fase experimental, todos los agentes implicados son bastante optimistas. En 2014 quedará despejada cualquier duda sobre la viabilidad económica del proyecto: DISA se ha comprometido en adquirir toda la producción del aceite para su transformación en biodiésel en sus plantas de Tenerife. No es superfluo recordar que, según la legislación en vigor, el gasóleo puesto en venta debe contener un mínimo del 7% de biodiésel desde el pasado año.

El proyecto de Fuerteventura es, de acuerdo, apenas un pequeño, diminuto avance, pero es un avance en la dirección correcta: la disminución paulatina pero inequívoca de la dependencia del petróleo -en Canarias, pese a todos los ímprobos esfuerzos retóricos y burocráticos al respecto más del 90% de la energía consumida tiene su origen en los hidrocarburos- y su sustitución por un sistema mixto de abastecimiento en el que las energías limpias y los combustibles alternativos se conviertan en la aportación mayoritaria. Es una poquedad, de acuerdo, que palidece humildemente junto a la prodigiosa munificiencia que atesoran (supuestamente) los yacimientos petroleros submarinos al noreste del Archipiélago canario. Pero es puñeteramente real. Y supone una inversión en investigación, desarrollo e innovación. Y puede contribuir decisivamente, en caso de éxito, a paliar los procesos de desertización de los suelos majoreros y, llegado el caso, el de otras islas. Es patético verse arrastrados por una quimera del oro negro que nos promete nada menos que todo un flamante modelo de desarrollo económico para Canarias a partir de unos yacimientos cuya rentabilidad, en el mejor de los escenarios, no alcanzaría los treinta años de explotación. Vocear estas enormidades como quien anuncia el premio gordo de lotería geológica es un atroz ejercicio de irresponsabilidad política y cinismo propagandístico.