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Arantxa Sánchez > Luis Ortega

Para este Carnaval, obligatoriamente sosegado, me reservé dos libros que discurren entre la historia y el chisme. Con la tinta fresca, leo las memorias de la mejor tenista española de todos los tiempos y sus inauditas revelaciones en las que afirma que no tiene relación alguna con sus padres y hermanos y ha roto el falso cliché de una familia feliz, tal como habían contado en Forja de campeones, escrito por los progenitores, Emilio Sánchez y Marisa Vicario, publicado por Ediprem en 2010 con asistencia de todo el clan y la notable ausencia de Arantxa. Con su nombre y el mítico grito de ánimo, “Vamos”, la deportista se desquita en un relato escrito en primera persona y lanzado a principios de febrero por La Esfera de los Libros que, con toda seguridad, ha levantado ronchas entre sus parientes a los que acusa de todos sus males, su males: su ruina económica y sus problemas con la hacienda pública, para empezar. En la relación de sus éxitos -desde el campeonato de España con solo trece años, a los dos Rolland Garrós, Open de Estados Unidos, cinco copas Federación, varias finales en Wimbledon y Australia y medallista olímpica- y en la expresión de sus fracasos es clara y sincera. Relata el férreo control paterno -no tuvo libertad siquiera para elegir su ropa- y la gestión económica de sus ingresos que llevó, a su modo, su padre, a quien atribuye la decisión de fijar su residencia fiscal en el Principado, que le valió el calificativo vejatorio de “la tanque andorrana”. Su triunfo en 1989 en París -frente a la poderosa Steffi Graf, entonces número uno del mundo- enseñaron la voluntad y el valor del esfuerzo frente a otras cualidades deportivas y la transformaron en una industria de ganar dinero que, ahora, no aparece por ninguna parte. La chica que solo tenía que ganar sobre las pistas reclama ahora a sus padres “los cuarenta y cinco millones que calcula que ganó en su carrera profesional y los responsabiliza de irregularidades fiscales durante varios ejercicios, que coincidieron con el periodo de mayor actividad y éxito”. A finales de los ochenta, y por gestión de Paco Medina, Arantxa Sánchez Vicario (1971) visitó Tenerife y pasó unos días en la incipiente Costa Adeje; fue un acontecimiento, pero los periodistas y los jóvenes admiradores que pudieron acercarse a ella no conocieron el tono de su voz; sus padres, ariscos de fondo y falsos amables, hablaban por ella. Apoyada por su marido y con el aliento de sus pequeños hijos, pasados los cuarenta habla fuerte y claro y recuerda que fue “una pobre niña rica, trabajadora para cuenta ajena”.