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Colonia Diesel y brandy Soberano

Rivero conversa con Navarro. / ACFI PRESS

POR DOMINGO NEGRÍN MORENO

El debate de política general en el Parlamento regional derivó ayer en una discusión sobre la nacionalidad de Canarias, como si no estuviera ya bastante clara. Días después de la autorización de los sondeos petrolíferos y de la consecuente fiebre soberanista que afectó a Paulino Rivero, las prospecciones periodísticas hallaron el preciado elemento informativo en los últimos minutos del monólogo matinal.

El trasiego era de tal magnitud que los servicios de seguridad de la Cámara acordonaron los pasillos ante el peligro de desbordamiento. Dos parejas de ujieres eran las encargadas de custodiar los accesos.

El salón de plenos entró en combustión cuando el presidente del Gobierno autómata profirió que el petróleo solo es una solución para la multinacional Repsol. Semejante comentario hirió la sensibilidad del vicepresidente segundo de la Mesa, Manuel Fernández, que se removió en su asiento. Por la tarde, el diputado del PP se largó de la sala porque Rivero metió en el saco de las comunidades derrochadoras a Castilla-La Mancha, en la que María Dolores de Cospedal apenas lleva ocho meses gobernando.

El máximo representante ordinario del Estado en Canarias inició el trayecto parlamentario de ayer con un viaje al Ejecutivo de Mariano Rajoy y José Manuel Soria. Tras dos horas de recorrido por su gestión desde la anterior legislatura -cuando el PSOE lo ponía de vuelta y media-, Rivero derramó chapapote sobre la gaviota.

El político nacionalista es un orador de recursos. Cada vez que tomaba agua cambiaba de capítulo o consultaba una cifra difícil de retener. Era su truco para refrescar la memoria. En la tribuna dirigía sus ojos hacia abajo no tanto para contemplar el ombligo como para mirar las chuletas.

“Es hora [de] que, en las decisiones estratégicas, el Gobierno de España no piense solo en España, la peninsular, no solo en intereses de terceros países, sino también en Canarias. La imposición es mala consejera”. Esta parrafada abrió un paréntesis para la comida y la siesta.

Reanudada la sesión, sus señorías brindaron por el diálogo y la lealtad institucional. ¿Con brandy Soberano o con anís del Mono? Ahí queda la duda.

La portavoz del PP, María Australia Navarro, regó líquido inflamable y causó quemaduras de primer grado en la piel de Rivero, que se alivió con una pomada evocadora. Ambos perforaron en las profundidades de las contradicciones y sacaron petróleo de las diferencias coyunturales. “Usted se pierde en guerras inútiles mientras nuestra tierra y nuestra gente siguen sufriendo la inoperancia de un presidente que no se merecen”, le espetó Navarro. “Abandone el ánimo pendenciero y sume su responsabilidad histórica en el cambio, en las reformas y en la austeridad”.

Él le reprochó que no agotara sus cuarenta minutos de intervención e insinuó que el texto lo había escrito “alguien de fuera”. La representante del grupo mayoritario reaccionó con más energía. Echó por tierra la “acomplejada estrategia de algarada y victimismo”, en la que enmarcó lo que calificó de “patriotismo colonial”. La “delegada del Gobierno” -así la llamó su interlocutor- se burló del “independentismo” de quien “pasa de la bandera de las siete estrellas verdes a la peineta”.

Paulino Rivero vació un cacharro de gasolina con plomo: definió la “marea azul” del PP como una “mancha negra” para el Archipiélago.

Huele a colonia Diesel.