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Educación > Alfonso González Jerez

Durante lustros el debate sobre la educación pública en Canarias ha girado alrededor de la inversión presupuestaria y de las condiciones laborales en general y salariales en particular de los docentes. La calidad educativa era poco más o menos un eslogan utilizado indistintamente por los sucesivos consejeros de Educación -una larga lista de catástrofes más o menos asumibles- o por las fuerzas sindicales con representación en el sector. Mientras la administración autonómica hinchaba pecho con cada instituto de educación secundaria inaugurado o los docentes obtenían éxitos laborales la educación pública se hundía lentamente en el Archipiélago y los resultados escolares devenían cada vez más escalofriantes. No recuerdo un solo debate de altura educativa, pedagógica u organizativa desarrollado en Canarias, fuera de foros muy restringidos, en los últimos veinte años. Más allá de las usuales soflamas y las retóricas de salón, no recuerdo, sinceramente, discusiones, reivindicaciones, análisis u ofertas sobre educación especial, guarderías públicas, enseñanza de idiomas extranjeros, revitalización de las asociaciones de padres o contenidos curriculares. Y si la situación es mala en la educación primaria y secundaria, el rostro que ofrece nuestra formación profesional es simplemente atroz. La formación profesional continúa exhibiéndose como una farsa insustancial, con una escasísima relación con las realidades del mercado laboral canario, que todavía no se ha liberado de un estigma de clase con regüeldo decimonónico.

No son cosas que parezcan interesar a la ciudadanía de las islas. Entre otras razones porque la casta política, los docentes y los propios padres han terminado considerando el sistema educativo público como un servicio más o menos aceptablemente engrasado en el que juegan un papel perfectamente delimitado. Las administraciones públicas pagan, pero no planifican ni innovan; los profesores enseñan, pero no aprenden; los padres pretenden que enseñen a sus hijos, pero no entienden su papel fundamental en la educación y en la vitalidad, la exigencia y la autocrítica de una comunidad escolar. La educación pública, que es cosa de todos, se transforma así en una tierra de nadie donde los niños y adolescentes no solo tienen dificultades para adquirir conocimientos y desarrollar un espíritu cívico. Pueden encontrar profesores, pizarras, ordenadores o libros, pero no se tropiezan jamás con la educación como conjunto de valores e instrumentos de información. Alguien pasa por aquí, nos lo cuenta y nos indignamos. Como si no fuera verdad. Como si nos estuvieran haciendo un feo. Como si no tuviéramos educación.